22. El Almirante, las Perlas y el Fraile

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“Ángeles Rojos” – Riohacha – La Guajira – foto Gino Lofredo (2009)

El Almirante llegó a Sudamérica en su tercer viaje, en agosto de 1498. Desembarcaron primero en las islas que luego se conocerían por las perlas que de allí extrajeron: Margarita y Cubagua, a unos 20 km. de la costa de Venezuela, nombre que le quedó a esa inmensidad porque al geógrafo Vespucio se le ocurrió, frente a los arenales del lado Guajiro del Golfo Maracaibo, que las casas construidas sobre pilotes por los nativos Añú le recordaban Venezia, el puerto del Adriático, el de canales estrechos y aguas estancas y oscuras.

Al Cristofo Corombo, como sonaba su nombre en el Genovés de la época, lo  acompañaban dos hombres de su tripulación: Francisco Peñalosa y un sobrino de éste, comerciante y leal partícipe de las tres travesías del Almirante, Pedro De Las Casas. Recorrían las playas sur de la isla buscando señales de agua dulce. Se alejaron del mar siguiendo el curso seco de una quebrada rocosa flanqueada de arbustos espinosos. A la vuelta de un encierro, les sorprendió una mujer sola, alta y joven que les cortaba el camino.  Más se asustaron los hombres armados que ella, desnuda. Estaba frente a la entrada estrecha de una cueva de donde brotaba aire fresco y un rumor de agua en movimiento. Llevaba múltiples collares de perlas alrededor del cuello, enredados con la cabellera saturada de agua limpia. Las vueltas de perlas aparecían entre los cabellos mojados y le caían sobre los pechos como un manantial de sol y tenues reflejos rosados.

De Las Casas habló a la mujer con algunas palabras escuchadas entre los habitantes nativos de la Hispaniola y otras islas muy pobladas. A la mujer le pareció gracioso el intento tímido del hombre de barba clara y piel encendida por la sed y el rubor. El que mandaba era el más viejo, el Almirante. Tenía el rostro curtido, los pelos resecos y amarillentos de sal, media cabeza calva y, en la boca, encías casi sin dientes.  Tenía cuarenta y ocho años, que eran muchos, y encima de ellos amontonaba sus siglos de horizontes.  En otros tiempos, la mujer le habría resultado irresistible en su atractivo. Ahora, sus ojos miraban las perlas, algunas del tamaño de uvas y capulíes, otras como las pupilas de un niño lactante.
Instantes después del encuentro fortuito se dio el primer trueque de perlas entre Europa y América.

El viejo sacó de su bolsa trozos de vidrio pintado y canicas de fumarola, bolitas transparentes, y se los ofreció a la mujer, doblando ligeramente la rodilla derecha, como en reverencia. Ella las tomó con desconfianza y curiosidad. Las observó con detenimiento y, cuando se dio por satisfecha, se quitó uno de los collares de perlas y se lo entregó al marino comerciante.  Luego les hizo entrar a la cueva y los guió hasta donde pudieron beber y bañarse. En la oscuridad, sólo brillaban, como ojuelos de peces, las perlas, al fondo, entre las piedras.

En ese primer día en la Cueva de Perlas y en los trueques que siguieron haciendo, los comerciantes juntaron centenares de perlas de pureza y formas de asombro. En la bitácora quedó constancia de su peso en tres libras y ocho onzas. Siete mil quinientos quilates, un tesoro que, hecho joyas, pagaría por varias naves, tripulación y abastos para otras ambiciones. Durante el viaje de retorno a Sevilla, el Almirante hizo trenzar un collar con las perlas. La más grande y perfecta tenía forma de lágrima y la hizo colocar al centro del pendiente. Sus colores cambiaban cada día y con las horas y el viento. Corombo entregó el collar a su Reina Isabel.  Se lo dio extendido sobre un terciopelo negro.  Al collar le quedó el nombre de su origen peregrino. El Collar de Venezia. Sus perlas se dispersaron por las cortes de Europa, pero ahora se dice que muchas, poco a poco, volvieron a España y esperan con sed y en silencio los paseos donde sientan las brisas del mar.

En ese viaje, también ocurrió el peculiar, y quizás primer, secuestro de un joven nativo de La Guajira. No se supo realmente por qué se le ocurrió al Almirante secuestrar a ese niño nativo y regalárselo a Pedro De Las Casas.

Al muchacho lo encontraron nadando cerca de un arrecife perlero sin nombre, cerca del Cabo de la Vela, en la punta noroeste de la Península de La Guajira. El joven nadaba un poco alejado de sus compañeros. Sabía zambullirse y decía hacerlo por su gusto y placer. Ningún canoero había logrado amansarlo. Del fondo, arrancaba las ostras perleras y las demás criaturas del mar de las que se alimentaba. Los marinos del Almirante lo sacaron del mar en una red atunera, lo engrillaron al mástil y esa misma noche zarparon hacia España.

Pedro De Las Casas desembarcó en Cádiz en 1499, cuando pueblo, comerciantes y cortes preparaban los festejos de bienvenida al nuevo siglo, que resultó dorado para muchos y mortal para tantos más. Pedro, al zarpar en uno de sus viajes de incierto destino, había dejado, en Sevilla, un hijo, con quien poco había convivido pero que, quizá por eso mismo, adoraba a su padre y soñaba con sus aventuras y las maravillas que se encontraban siempre al otro lado del mar. El hijo de Pedro tenía quince años, se llamaba Bartolomé De Las Casas y ya estaba tocado por la pasión de los viajes, lo divino y lo bello. Respetaba el mar y sus tempestades. Sin reparos expresaba un impaciente desprecio ante las injusticias que nunca escaseaban a su alrededor. Su padre, Don Pedro, llegó a Sevilla con el Guajiro del Mar, ya vestido a la usanza de allí para evitar la atención y las crueldades del ignorante. Don Pedro regaló el esclavo secuestrado por el Almirante a su hijo Bartolomé, que, según dicen, estudiaba leyes y teología en Salamanca, aunque las fechas y las edades no cuajen del todo.

Zapata – Cara a Cara

Ya en esa época –y no por primera vez– debatían Comerciantes, Adelantados, Sabios de las Cortes y Eruditos de la Iglesia lo concerniente al grado de humanidad asignable a los nuevos seres que se les aparecían por doquier a los navegantes, al intentar posesión de cada playa donde se les ocurriera arrimar una chalupa. Por muchas razones resultaba conveniente, oportuno y generoso el discurso humanista. Habría que modelar una conquista firme, incluyente y poner en su sitio todo el andamiaje necesario y el Debido Proceso que lo acompañase.

Monta Tanto y Tanto Monta,  Isabela como Fernando, se decía acerca de los Reyes, que coincidían en esto y que siempre se preocuparon de establecer la legitimidad jurídica de sus actos. Así, por ejemplo, antes de una operación militar de conquista, ordenaron que se leyera, ante los herejes y con notario, el Requerimiento en latín, para aclarar las circunstancias y advertir sobre las consecuencias:

Si no aceptáis la fe, o si maliciosamente os demoráis en hacerlo, yo certifico que con la ayuda de Dios avanzaré poderosamente contra vosotros y os haré la guerra… y os sujetaré al yugo y la obediencia de la iglesia y de vuestras majestades y tomaré como esclavas a vuestras mujeres, las venderé, y dispondré de vosotros, y tomaré vuestras posesiones y os haré todos los daños y perjuicios de que sea capaz.

La lectura del Requerimiento debía completarse antes del inicio de la masacre, so pena de multas y castigos de índole espiritual.

El hecho es que Isabel, la Reina, prohibió el trato de los nativos de América como esclavos, por lo menos en la parte europea del Reino. Ordenó, entonces, la liberación y repatriación de los esclavos de las Indias instalados en España. Bartolomé nunca había puesto en duda la humanidad de su esclavo y amigo. Cumpliendo entonces con la orden de Isabel acompañó a su compañero hasta los muelles, donde se despidieron con un afecto en el que –según se dijo luego– hubo lágrimas del uno y del otro. Que se sepa, los amigos nunca volvieron a encontrarse.

Transcurrieron décadas. Murió el genovés almirante. Hubo mil travesías de conquista y las riquezas de la conquista y el comercio enloquecieron a España. Bartolomé llegó a sacerdote y fue misionero en Cuba. Recorrió anotando todo y recordando aún más imágenes del cataclismo que sacudía cielo y tierra donde se hincaba la Cruz en nombre de la Corona.  Quizás para no dejarse caer a morir en un barranco sin fondo, Bartolomé se convenció de que Dios y lo Bello estaban en todo y en todos, pero que la Justicia, en cambio, era escasa y desaparecía para no volver al acercarse como pestes los afiebrados del metal, del fuego y la muerte.

Trató, sin mayor resultado, de moderar el desquicio y cesar la matanza y el despojo en nombre de lo Absoluto y el Equilibrio. Algunos toleraron su ingenuidad. Otros lo hicieron mandar a donde molestara menos y se le olvidara. Muchos hubieran querido desaparecerlo y volverlo santo patrono de las palmas cocoteras.

Hubo quienes, desde el poder, lo protegieron y le ayudaron. Consiguió que la Corona le diera un puesto inmodesto, imposible, doloroso como el castigo, brutal como Ira del Omnipotente: “Protector Universal de Todos los Indios de las Indias, con la Misión Declarada de procurar el Divinalmente Ordenado Remedio de estas Gentes…”  La magnitud del encargo resultaba jocosa para quienes mantuvieran cierto sentido del humor y conocieran algo de la vida en esas tierras. Tiempos sin límites: en cada puerto riquezas y delirios en cada expedición, de muerte y mestizajes.

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Riohacha Festival Francisco el Hombre –  Febrero 2009 – Foto Camilo Rozo (2009)

Desde este presente, desde el hoy en que contamos esta historia, cuando transcurre el quinto siglo desde aquel nombramiento, “…colosal marea de soberbia,  muda y paciente humildad diminutiva…”, ¿con qué buen propósito se puede comparar la Misión de Bartolomé? ¿Paz y Justicia? ¿Acabar la corrupción? ¿Respeto y Decencia Universales? Aquello debió ser mucho más utópico y ambicioso. Cosas que ni Dios, con su omnipotencia, se propondría intentar.  Y no olvidemos que esta digresión en la historia trata de ubicar la Cueva de Perlas donde tuvieron engrillado por casi dos años a Joussef, hermano menor de Américo y primo de Ercilia. Sigamos entonces.

Las Casas fue testigo y documentador de etnocidios múltiples. Menos sabido es que también tomó notas sobre la primera extinción de una especie sana y abundante, por la intervención premeditada, industrial y comercial de los europeos en América. La explotación de las conchas de perlas, agotadas por la pesca en Cubagua y Margarita, Cabo de la Vela, Manaure y Río de el hacha, ocurrió dentro de los setenta y tantos años que vivió Bartolomé.

Él estuvo con los Señores Perleros cuando iniciaron sus labores, cuando capturaron y se llevaron de una a otra perlería, a los hombres engrillados, y a los niños que hicieron crecer en el agua para que sólo supieran zambullirse, sacar y resollar. Las Casas describió –quizá sin saber el alcance de sus constataciones– cómo ingresó y se difundió, adquiriendo legitimidad,  el secuestro con extorsión y el pago de rescates vidriosos por el cuerpo vivo en cadenas, en nombre de las perlas y el comercio entre La Guajira y el renacimiento de Europa:

…es, pues, la vida de los indios que se traen para pescar perlas, no vida, sino muerte infernal, y es esta: Llévanlos en las canoas, que son sus barquillos, y va con ellos un verdugo español que los manda, llegados en la mar alta, tres y cuatro estados de hondo, mandan que se echen al agua; zambúllense y van hasta el suelo y allí cogen las ostias que tienen las perlas, y hinchan dellas unas redecillas que llevan al pescuezo asidas a un cordel que llevan ceñido, y con ellas o sin ellas suben arriba a resollar, porque no siempre donde se zambullen las hallan, y si se tardan en mucho resollar, dales priesa el verdugo que se tornen a zambullir, e a las veces les dan varazos que se zambullan, y siempre todo este tiempo nadando y sosteniéndose sobre sus brazos; están en esto todo el día desde que sale hasta que se pone el sol, y así todo el año si llegan allá. La comida es algún pescado que tiene las mismas ostias donde están las perlas y el pan cacabi y el hecho de maiz y destos no muchas veces quizás, se hartan. Las camas que les dan a la noche son el suelo con unas hojas de arboles o hierba, los pies en el cepo, porque no se les vayan. Algunas veces se zambullen y no tornan jamás a salir, o porque se ahogan de cansados y sin fuerzas y por no poder resollar, o porque algunas bestias marinas los matan o tragan.

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Brindis de las Tres Perlas – (Marzo 2009) – Composición G. Lofredo

También en el Cabo de la Vela el látigo agotó las ostras y tuvieron que mudar su Virgen de los Remedios, sus canoas, los cepos con sus gentes de mar hacia el Río de el hacha, donde acabadas las perlas y transcurridos más de cuatro siglos,  una noche de luna llena y feroces amoríos, el inspirado guajiro acordeonero Francisco el Hombre hizo duelo de fuelles. Versos y rezos con Satanás, el hechicero de almas que dio a las ostras el don de las perlas y a éstas la magia de embriagar hombres y enamorar mujeres.

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Pirates of the Caribbean Ercilia

“Go ahead, Sweetheart. Make my Day” – Ercilia and The Pirates of the Caribbean  (2006)

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Hojas de Ruta

ISBN: 9780984525621
Autor: Gino Lofredo

Hojas de Ruta es una novela ilustrada de viajes y aventuras. Su autor Gino Lofredo logra con sorprendente acierto, ironía y desopilante humor cruzar las fronteras entre géneros y construir un producto único. Hojas de Ruta tiene la potencia de un híbrido: fotos, mapas, ficción, hechos reales y voces ricas en individualidad que transcurren por conexiones temporales e inesperadas. Candide en la Tercera Edad rodando en Moto por Colombia y América Latina. ¿Quién es Aparicio Retaguardia? Un doble agente, un ingenuo reportero, un solitario motociclista jubilado, una versión senil de Tintín, o un Papá Noel que recorre América Latina sobre dos ruedas: Don Aparicio es todo ello, y a la vez, ninguno. Hojas de Ruta gira en torno al viaje que realiza este personaje tras aceptar una riesgosa misión, desde el sur equinoccial de Colombia hacia el desierto de La Guajira, hasta la frontera con Venezuela. En los distintos sitios de arribo, Aparicio tiene la sabiduría de un palabrero Wayuu y la ironía de un diablillo que hace autopsias en vivo a los engaños del mundo criollo. Solamente estos rasgos esquizoides permitirán transmitir con fidelidad enrevesada las facetas de un continente. Hojas de Ruta sobrepone a la linealidad del viaje, las realidades paralelas de la memoria y las curvaturas del tiempo mostrando en Colombia algunos rostros de América Latina: violencia mercenaria, gente asombrosa y geografía imponente… Las aventuras de Don Aparicio evocan a la distancia a Candide, a Kerouac, al Easy Rider de Dennis Hopper y Jack Nicholson y al filósofo de Zen y el Arte de la Mantención de la Motocicleta. Todo desde una cuarta edad que no se resigna.

1. Portal de las Estrellas
2. Cruz del Sur
3. El Desierto Protector
4. Pijao de Oro y Almanaques
5. El Mago de Palmira
6. Maicao: Testigos Presenciales
7. Pájaro Rengo
8. Inolvidable Portete Bahía
9. Fuga de Acordeones
10. Pase sin Compromiso
11. Mecánica Sócrates y Juventus Spa
12. My Favorite Things
13. Mandrágora, Almizcle y Sándalo
14. Santa Gaza de Palestina
15. Complícame la Trama, Baby
16. Cambio de Bases
17. Le Business Model del Secuestro
18. Trastienda de Arenas Betancourt
19. Fantasías de Medellín
20. Trastienda de Fangio
21. Fondo de Ojo, Confesión en Seco
22. El Almirante, las Perlas y el Fraile
23. Pueblo, Riel y Carbón
24. Cambia, Todo Cambia
25. Despiste de Madrugada
26. Piernas, Cintura y Arrastre
27. La Trastienda de Satanás
28. Acople, Credos y Padre Nuestros
29. El Triangular de Job
30. La Máscara Roja
31. Precisas Instrucciones
32. Rapsodia de Sísifo
33. El Gran Escape
34. Gasolina Express

~ by lofredo on August 3, 2010.

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