Sí Nacimos pa´Semilla…

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Tremenda Ciudad… Tremenda Corte… Tremendo Juez – Foto Gino Lofredo (Julio 2009)

Alonso Salazar: “sí nacimos pa’semilla”

Artículo destacado de Equinoxio
Por Mauren Álvarez

Alonso Salazar

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No Nacimos pa´Semilla

Esté donde esté Alonso Salazar dice que es el autor de No nacimos pa´semilla y ya todos saben quién es. Este caldense descomplicado, franco y apasionado, es el alcalde electo de Medellín y recibió a equinoXio en la cafetería de un supermercado cerca de Corferias, en Bogotá. Cruzó la calle caminando, sin ninguna persona de seguridad, se compró un espresso y se sentó en una silla en pleno sol. Después de muchos meses en los que solo habló de su programa de gobierno, sacó un rato en su agenda para hablarle a equinoXio de lo que más le gusta ser en la vida: escritor y periodista.

Apasionado por los temas de la ciudad, en sus investigaciones ha retratado como nadie diferentes aspectos de la realidad de los marginados, realidad que lo acompaña ahora como máximo dirigente de Medellín, una ciudad que pasó del miedo a la esperanza gracias a un proceso político que comenzó, en la alcaldía de Sergio Fajardo, como secretario de gobierno, logrando que Medellín pasara de tener en la década del noventa 300 homicidios a 30 por cada 100 mil habitantes.

Desde su cargo, el más importante después del alcalde, Alonso realizó la más grande diferencia histórica en la ciudad con su trabajo en el tema de la cultura ciudadana, haciendo una Medellín que empieza a vivir bajo una cultura de la legalidad, de la convivencia, donde las personas empiezan a convencerse de que ser legal paga. Esto lo logró en parte con proyectos tan exitosos como el Manual de Convivencia por comuna y con la campaña Ser Bueno Sí Paga. Todo esto bajo la administración de un alcalde con el 80% de popularidad por proyectos como “Medellín la Más Educada”, en el que se incluyen los cinco parques bibliotecas en las comunas con más problemática social de la ciudad, la construcción de colegios triple A en estratos 1, 2 y 3 y las 18 mil becas ya adjudicadas para el próximo cuatrenio que benefician a las personas más necesitadas para que puedan estudiar en universidades como la Pontificia Bolivariana y la Universidad Eafit.

A sus 47 años Alonso Salazar, “prestado a la política por un ratico”, como él mismo dice, ha publicado más de cinco libros, entre ellos No nacimos pa’ semilla, una cruda pero real historia de la vida de los jóvenes en los barrios marginados de Medellín que se convirtió en un clásico de la violencia urbana en nuestro país y La parábola de Pablo, tal vez una de las mejores investigaciones que se han hecho sobre el capo.

A pesar de tener los pies en la tierra, nos habló de sus personajes favoritos, del periodismo, de su vida como escritor y de su interés por escribir ficción, aunque según él la gran dificultad sea volver ese mundo hiperbólico que es la realidad de Medellín, en un mundo de ficción que parezca real.

Mauren Álvarez: Algunos jóvenes que hacían trabajo social con usted en los barrios de Medellín le decían que cuándo iban a escribir la historia del futuro en vez de la del no futuro. ¿Eso lo está haciendo ahora con la política o es una deuda que todavía tiene con la literatura?

Alonso Salazar: Bueno… cuando hicieron la película de Víctor Gaviria Rodrigo D No Futuro, simultáneamente con el libro No nacimos pa’ semilla, que escribí por allá en el año 88, 89, fue como una manera de narrar algo muy duro que sucedía en la ciudad, que tal vez no nos atrevíamos a ver o a indagar con profundidad. Para muchos jóvenes de esas zonas fue sin embargo como una especie de cachetada que los llevó a decir: nosotros no somos eso. Entonces el sí futuro o el sí nacimos pa’ semilla se fue convirtiendo como en una consigna que asumieron muchos de esos jóvenes y así matricularon sus organizaciones, en muchas de sus sedes uno veía esas frases y desde luego, aún desde los tiempos en que escribía el libro, había empezado a trabajar por el sí nacimos pa’ semilla. Teníamos un proyecto de casas para la juventud, de convivencia, programas de reinserción social y es lo que hemos hecho a lo largo de todo este tiempo. Yo no sé si además de eso y ahora de la labor política, haya que escribir en algún momento Sí nacimos pa’ semilla. Yo no creo mucho en el periodismo como un oficio de relaciones públicas, yo creo que lo está escribiendo la ciudad en la medida que ha reorientado su futuro, que ha encontrado más sentido de esperanza y una juventud distinta a la de aquellos tiempos.

¿Entonces ahora sí nacimos pa’ semilla?

Lo importante de la expresión No nacimos pa’ semilla era como una crítica visceral a una cultura que se cree un poco superior a la mayoría de los colombianos, la crisis de esa cultura se expresó de manera muy radical en la violencia, en esos jóvenes que rompieron la sacralización de la muerte, que hicieron del vivir y del morir algo separado por una instancia demasiado frágil, y esos jóvenes hicieron preguntas muy profundas a la sociedad sobre nuestra manera de ser y creo que esas preguntas son las que estamos intentando responder en estos tiempos presentes con unos sentidos de mayor inclusión social, de mayor valoración de la vida, del respeto y proyectar valores que no habían sido tan esenciales.

En una entrevista que usted alguna vez hizo dijo que no era muy juicioso en clase y que se volaba para hacer trabajo social. ¿Qué era lo que se iba a hacer en esa época? ¿Para dónde se iba?

Desde que yo estaba en la universidad empecé a trabajar en la zona nororiental de Medellín, que después fue la primera zona de gran violencia en Medellín, estoy hablando de barrios como Popular, Villa del Socorro, Andalucía, La Francia, Santodomingo. Muchas veces me preguntan: ¿usted por qué escogió el tema de los jóvenes y la violencia? Y yo digo que el tema me escogió a mí. Ya estaba metido en esas comunidades cuando se vino esa especie de avalancha de violencia, y no había manera de hacerle el quite a ese tema. Entonces sí, desde muy pela’o, desde los 18 años muy dedicado al trabajo social y comunitario, una de las razones por las que más me escapaba de la universidad.

¿Cuál es la “Parábola de Alonso” en una Medellín tan golpeada por la violencia en la época de Pablo Escobar?

(Silencio) Quizá puede ser la de una persona que tenía inquietudes sociales, deseos de transformación de la sociedad, que quería hacerlo desde el margen mismo del Estado y de la sociedad y que llega un momento en el que dice: si no es desde el centro del Estado movilizando a toda la sociedad, el cambio no es posible. Es una parábola que nos lleva de una actitud de rechazo a la política tradicional a valorar la necesidad de una nueva política para transformar la sociedad nuestra, la sociedad colombiana.

¿Cómo comenzó usted su carrera como escritor?

Curiosamente yo empecé a estudiar medicina veterinaria quizá por mi origen como campesino pero, aunque me demoré un poquito para descubrir que andaba por mal camino, creo que valió la pena. En algún momento de la vida hice lo que llamamos los paisas una “cachiporra”, una especie de juego de suerte entre derecho, antropología y periodismo, y ganó periodismo. Y nunca me he arrepentido de haber estudiado periodismo porque el tipo de textos que he escrito de investigación social a veces los académicos los catalogan como de un sociólogo o de un psicólogo, pero siempre hago la observación: periodista. Porque creo además que la profesión de periodista que fue la que me llevó a una escritura que puede lindar con la literatura, es preciosa. Buscar historias que ayuden a develar una ciudad o un país, contarlas lo más bellamente posible para mí es lo más apasionante que hay. Si alguien me dijera, “defínase, ¿usted definitivamente qué es?”, yo diría “periodista, escritor”, cualquiera de estas cosas, me siento como prestado al mundo de la política y siempre espero ser un deambulador buscando historias para narrar.

¿Y qué es lo que necesita Alonso Salazar para sentarse a escribir? ¿Qué es lo que necesita tener ahí?

En el caso del tipo de escritura que yo hago, que es de periodismo, siempre hay un preámbulo muy largo de trabajos de archivo, de entrevistas, entonces casi lo que más necesito para sentarme a hacer por lo menos la fase inicial de la tarea es tener la sensación de que la información fundamental está ya a la mano, que ahí la tengo. Luego tengo unos métodos, un poco heterodoxos de escritura, un poco raros, de repente me salen unos párrafos muy largos y muy limpios y de repente escribo frases sueltas y sueltas sobre las cuales vuelvo posteriormente para empatar, para ir hilando, para ir tejiendo en una forma que es muy irregular. Concibo la escritura como una artesanía en la que se va como labrando de un cuerpo general inicial muy perfecto a algo que se va puliendo.

Cuando se trabaja con historias tan duras, como la realidad de Medellín en su caso, supone uno que hay demasiada información y toda es relevante. ¿Cómo empezar a filtrar y a decir no a ciertas historias que uno quiere contar pero que no caben en el texto?

Curiosamente en las cosas del mundo que yo he narrado o ligado con narcotráfico y con violencia lo que reina es la desmesura. En muchas ocasiones tocó desechar historias porque eran demasiado extremas, hasta la crueldad a veces. Porque era un mundo demasiado hiperbólico, era la exacerbación de El Dorado, del oro, de la sangre, de los instintos, del consumismo, entonces, humanizar esas personas implicaba descargarlas un poco de esos excesos y aún así la gente después se asombra y se aturde de ver lo que eran o lo que hacían. Siempre está la tentación de incluir más, de tener más y yo creo que un buen trabajo de edición está en la capacidad de desprenderse y que vaya quedando lo que es sustancial y perder cosas que en apariencia son valiosas pero que si se conservaran, harían los textos demasiado repetitivos o hasta empalagosos. Hay que buscar ciertos criterios de economía, eso depende mucho ya de la intención, desde luego. Hay relatos en los que uno busca unas dimensiones más intimas, de introducirse más en la persona, en su manera de ser, entonces ya uno busca algún truco. Un texto que es bastante periodístico pero que tiene una maña literaria es uno que escribí alguna vez que se llama La vida no es una película y es un muerto que cuenta su historia. En realidad yo había entrevistado al personaje aún en vida y lo mataron, pero él había reflexionado mucho sobre el vivir y sobre el morir, entonces aproveché esa circunstancia. En ese caso, las acciones de la escenografía y los contextos se diluyen un poco más, contrario a historias donde a uno le interesa más narrar las acciones grupales o la manera de lindar los territorios, los espacios donde es más la puesta misma en escena.

Algunos autores dicen que la realidad supera la ficción, entonces a veces puede ser muy complicado contar una historia y que parezca real en el papel porque la gente no cree que ciertas cosas puedan pasar en su país, a un vecino o en un barrio que le queda a diez minutos de su casa.

Es cierto, o también sucede que aunque íntimamente se sepa que sí puede suceder, al verlas escritas con cierta plenitud se vuelven otra vez increíbles. Yo creo que lo que más descoloca al lector a veces, en el sentido de creer o no creer en una historia, es lo que en literatura se llama la verosimilitud, cómo uno pone unos personajes en una escena y cómo los va desenvolviendo de tal manera que la historia tenga fluidez y naturalidad. Si uno no logra esa verosimilitud pues no es sólo que se vuelva fantasía sino que no se vuelve creíble, pero es que hasta la ficción tiene que ser creíble.

¿Le gustaría escribir ficción algún día?

Yo sí he tenido la tentación de escribir ficción, desde luego también con muchos temores, me he disciplinado con una lógica de investigación, que se traduce en unos textos que tienen alguna lógica narrativa pero creo que de ahí a la ficción pues hay de todas maneras una distancia… ummm… sobre todo por lo mismo que reflexionábamos ahora: cómo pasar a la ficción sin que se pierda la fortaleza de lo que es cierto aunque sea ficción. Es esa especie de medio absurdo que la gente crea que el mundo que uno le está creando es auténtico y verdadero, eso no es fácil, pero ahí está la tentación.

¿Cuáles son sus personajes favoritos?

(Silencio) Personajes de la literatura que le quedan a uno en la memoria pues son muchos, pero también como muy desparramados a veces. Digamos en mi época de juventud la literatura rusa fue muy impactante y un Crimen y castigo con estos personajes que cometen crímenes y que quedan perseguidos por las angustias, pues siempre son personajes absolutamente memorables, o el dictador Trujillo narrado de manera tan extraordinaria en La fiesta del chivo por Vargas Llosa o la Holly de Desayuno en Tifanny’s de Truman Capote, o esos delincuentes descritos de manera extraordinaria en A sangre fría. Quizá, no sé porqué, siento cierta atracción muy especial por esos personajes marginales y vinculados a los mundos del crimen; será porque en esos linderos es donde las condiciones humanas son mucho más notorias, más expansivas, más explosivas, es como yo siempre veo como en la penumbra el momento del día que está entre el día y la noche, como el momento donde todos los colores tienen mayor vivacidad, creo que esos mundos marginales son un poco así, son donde todo lo humano tiene mucho más tono.

Usted ahí me recuerda un tema muy interesante y es cómo Truman Capote se empieza a relacionar de una manera muy personal con los asesinos de A sangre fría, llega a entender tanto un personaje que ya ni siquiera lo puede ver como un criminal sino como una persona que está en cierta circunstancia y no es justificar a esa persona, pero se puede llegar a cometer ese pecado de meterse tanto que se pierden los limites y la distancia entre esa persona y el periodista.

Pero es que creo que debe ser así, no lo digo pues como una actitud ética, sino como una actitud de comprensión. Si uno no logra meterse un poco dentro del alma de los personajes y mirar el mundo desde su propia historia, desde su lógica, es muy difícil que pueda presentarlos con la fuerza suficiente frente al lector. Y el prodigio de Truman Capote está en que lo hace de una manera tan circunstancial, de una manera tan poderosa como en los gestos, en los detalles y en el lenguaje coloquial y es lo que da envidia de un narrador como él, cómo en frases intranscendentes, en las gestualidades más elementales logra dibujar el alma de estos personajes hasta humanizarlos tanto que los vuelven ingenuos a pesar de la extrema crueldad que puedan llegar ejercer. En eso tiene una maestría extraordinaria.

Ese apasionamiento que él tiene lo reflejó en todos sus grandes relatos, en los grandes como en los pequeños, si uno va a un relato mucho más intrascendente como Música para camaleones, uno ve ese cuadro del Caribe con esta señora extraordinaria de Martinica, a la que él logra describir con sus lagartos, con su piano, con sus ancestros, con una atmósfera que es simple o cuando decide un día irse detrás de su empleada doméstica a contar un día de trabajo de una mujer que va pasando por muchos domicilios en la ciudad de Nueva York y la va describiendo en sus frases, en su historia o como habla de la gente con la cual trabaja, se da cuenta de que el esfuerzo de él aunque nunca lo haga explícito, es llegar a lo más íntimo del personaje y luego ser capaz de retratarlo sin necesidad de anunciarlo.

¿Sobre cuál personaje le gustaría escribir?

Pues no sé muy bien, hace mucho tiempo tengo un proyecto en la cabeza que las circunstancias de la vida ha hecho que lo aplace pero que me da mucha tentación y es la historia de unos quince personajes que nos hacíamos en la esquina del barrio, en la cual yo veo la posibilidad de retratar realmente una generación porque de allí salieron ingenieros muy prestigiosos, salió algún seminarista, alguno vinculado al mundo del narcotráfico, otro al de la indigencia… me da siempre tentación narrar la historia de esa esquina del barrio Simón Bolívar donde yo crecí.

¿Qué tema tiene pendiente por escribir?

Medellín me apasiona mucho… y yo quisiera tener la capacidad de hacer unos buenos retratos de la ciudad… retratos más contemporáneos, más cotidianos… pienso siempre en cosas hechas por Luis Tejada a los inicios del siglo veinte o por Gonzalo Arango al final del siglo veinte, donde hay una capacidad de orientar a la ciudad, a su gente, en crónicas y relatos muy bellos que yo sigo extrañando y que no he vuelto a encontrar en los escritores contemporáneos de Medellín… Sin embargo, en los temas de ficción hay también historia que se me atraviesa de tanto en tanto y no sé si sea por la perversión siempre en esos umbrales de la vida y de la muerte. La reflexión más profunda sobre la existencia y sobre todo cómo para alguna gente el existir es tan duro, tan exageradamente duro que conduce luego al suicidio y he conocido algunas historias de suicidas que me cautivan, pero luego me pongo un poco en alerta y digo, ¿será que me debo curar un poquito de esa perversión?

Como está tan joven le puedo preguntar, ¿qué le gustaría que dijera su epitafio?

(Risas) Yo nunca había pensado en eso… (silencio) Esa es la pregunta más difícil que me han hecho en la vida… (largo silencio) … Espero que por fin me haya encontrado.

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