BeTa-7. Fuga de Acordeones

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Fuelle Mandarina Dulce – Foto TangoBrujo 78 (2007)

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La cena en Portete fue austera y generosa. Se bebió cerveza. Estaba helada. La cerveza helada después de un día reseco se presta a formas calladas del éxtasis. Hay quienes afirman haber visto hombres maduros, veros guerreros de la distancia, sorber unos tragos y, con la espuma sobre la barba, alrededor de los labios, abrir una sonrisa de alegría y llorar de gratitud por la armonía del equilibrio restaurado. El Reta admite haber tenido encuentros cercanos con deidades de cierto rango en virtud del acceso inesperado a esa bebida en la pausa obligada de un tramo difícil de la vida.

Durante toda la cena se oyó como si llegaran de un par de ranchos, más allá o más acá, las melodías de acordeón. No los acompañaba canto alguno. El viejo bastonero y el niño no se dejaron  volver a ver. Eran otros los cantantes. Buenos músicos y buenos acordeoneros estaban practicando, armando variaciones de cierta melodía, llevándola hacia un paseo alegre o al desafío de una pulla, con el ritmo del merengue que le mueve las piernas al más tímido de los paralíticos. Acordeones, ¿qué puede haber más cotidiano y normal en un rincón parrandero de La Guajira? Participaban a veces tres, a veces cuatro. Ninguna voz. Ni risas. Ni bromas. Se callaban un rato. Y uno retomaba unos acordes a poco fuelle y algo nuevo se vislumbraba. Se le sumaba otro. Y así.

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4 Gabbanelli entregados por el Mar –  Foto Tangobrujo (2009)

Pero se habló poco en la mesa. Y poco también con la mujer que los atendió con sobria gentileza. Don Aparicio sintió deseos de caminar. Isidro y Rosquillo querían acomodarse en el chinchorro y dormir. Lo dijeron como si lo justo fuera que ese paseo lo hiciera el alijuna solo y que fuera la niña Ingrid quien lo acompañara porque nunca se sabe con qué se puede encontrar uno desprevenido en esos sitios y porque quién mejor que Ingrid para dibujar  alguna imagen que le ayude a recordar Portete cuando, por cualquier razón, resulte necesario hacerlo.

Caminan por la playa cuando comienza a delinearse el muelle donde hombres amarran varias lanchas. Hay actividad allí. Cargas y descargas en un silencio eficaz. Al inicio del muelle están tres camionetas estacionadas, todo terreno, con la suspensión subida, llantas doble ancho, faros rompe niebla encendidos sobre el techo de la cabina iluminando el trabajo en curso. El Reta se pregunta por qué no había notado antes tanto ajetreo y la violencia de las luces en el crepúsculo como telón permanente.
El agua de la bahía está quieta. La gente trabaja en silencio. Los acordeones siguen allí como una música de fondo. Más lejanos ahora. Desapareciendo por completo cuando la brisa sopla de algún modo especial y regresando con más vigor cuando cambia de dirección. El Reta siente la arena húmeda en los pies descalzos. Avanza apoyándose en el bastón punta de lata que le da cierta agilidad al paso, algo que va perdiendo desde hace algún tiempo. Ingrid va dos pasos delante, señalando el camino sin ofender. Periódicamente, camina de espaldas y observa la curiosidad del Reta.

¿A quién le ha sucedido estar caminando por una playa tranquila y encontrar meciéndose entre la espumilla de las olas un acordeón rojo y de teclas blancas, abierto el fuelle como un abanico, abandonado, con algas delgadas enganchadas en los botones y en las esquinas del fuelle? Sólo eso, un acordeón que trajo el mar y espera ser recogido, cuidado y resucitado. Puede que sí. Puede que se golpee contra las rocas y se desbarate. Ahí está ese y un centenar de metros más adelante hay otro. Este es un Hohnner que al poco informado Retaguardia le parece más moderno, aunque pocas son las diferencias entre ambos. Este es negro y con toques decorativos dorados y amarillos. Como para tocar música más fiestera, más bailadora. Ingrid mira la expresión de asombro e incomprensión del veterano Retaguardia y ríe.

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Preparaciones Exequiales – Foto Santiago Harker – Wayuu (2005)

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¿Y estos acordeones? ¿Así no más botados por todo lado? No siempre, Don Aparicio, no siempre. Hay meses que no se encuentra ninguno y otras veces, como hoy, que lo tenemos a usted de visita, salen a las playas como lo hacen desde hace mucho tiempo, mas de ciento veinte años, nadie sabe con precisión. Hubo un carguero de esos que tenían motor y se ayudaban con las velas. Humo negro y velas sucias. Llegó por acá cuando pasaba un ciclón cerca de Santo Domingo y para escaparse del coletazo se acercó al Cabo de la Vela y no vio el arrecife. No había faro en esa época. Dicen que el carguero traía cientos de acordeones de Alemania y de Italia. Resulta que los migrantes de esos lados estaban por toda América y querían sus acordeones para espantar la tristeza. Iban para Argentina, para Brasil, y Uruguay y Chile. Allá se pagaba en oro por un buen acordeón de los Hohnner, o los bandoneones, hasta la armónicas de boca eran apreciadas. Los acordeones permanecieron mar afuera y se muestran de vez en cuando. La gente les da mantenimiento, los ajusta, toca con ellos un tiempo y de pronto, así como llegaron una mañana, ya no están. Algunos se quedan, acaso porque les cae bien el acordeonero o alguna mujer de la zona. Los acordeones también se enamoran y son celosos así, que tenga cuidado. Se llevan bien con los loros más que con  nadie.

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“El Duro de los Acordeones” – Foto Sr. Hyde (2007)

¿Qué pasó en Portete Ingrid? ¿Por qué tanto misterio? No hay ningún misterio. Quien controla esta bahía, los puertos, los muelles, entra y sale al mar abierto con cualquier cosa que enriquezca. El producto cambia, como la moda. Hubo años de licores, televisores, estéreos. Salía marimba. Una época fue acetona y gasolina. Cocaína y armas son elenco estable. Gran diversidad en las clientelas. Y el carbón, claro pero eso es oficial, es comercio libre, legal y protegido. Si el Cerrejón estuviera en la luna, lo veríamos desde acá como vemos los cráteres allá cuando el aire sopla seco. Celulares, computadoras, cámaras, filmadoras.
En esta playa aterrizaban avionetas, descargaban costales de billetes y cargaban lo que fuera. Ingrid es otra persona. El Reta deja de entender lo que sucede. La naturalidad del cambio. Ahora es una mujer alta de cabello canoso. Una persona de poder que parece verlo todo. Pasamos entre el muelle y las camionetas, encandilados por los faros. Como si nada. Invisibles. Cada cual en lo suyo. Y la media luz del atardecer sigue sin hacerse noche.

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Seis Fuelles – Foto TangoBrujo 78 – (2009)

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El intercambio, el trueque, el comercio transitan por el barrio de los equilibrios. Equilibrios inestables, pasajeros, forzados incluso, pero menos angustia que arrancar lo suyo al prójimo a llama y fierros. Nos dejaban tranquilos si les dejábamos hacer sus asuntos. Si les ayudábamos pagaban lo que podía ser fortuna para cualquiera de allí. Gente guajira también le entró al negocio. Somos de acá. De carne. No de palo. Normal comprar y vender en nuestra tierra lo que el alijuna se hace matar por tener.

Al que le dicen Chema Bala tenía más apellidos: Ipuana, Epinayu, Barros. Ese tenía un muelle en Portete. Su mamá se lo dio para que lo administre y aprenda a mantener a su gente. Dice la gente vieja que al Chema se le metieron los demonios en la cabeza y en el corazón. Yo creo que lo que le entró fue el saborcito del poder. El negocio de poder hacer lo que te da la gana a quien te da la gana. Eso perjudicó a los suyos, a la gente del mismo vientre. El Chema les abrió las puertas de la Guajira a los matarifes de todo lado. Hasta mató a unos primos de sangre. Hubo juicios y le dieron la sentencia de los palabreros: tenía que pagar con plata, poder y sangre propia y de los suyos. Algunos dicen que cumplió, que fue muy duro y que nunca se recuperó del todo.

Pero esas son de las cosas que no tienen precio. Para esas no aceptan tarjeta, interpuso el Reta arrepintiéndose de haber abierto el pico antes de terminar la frase. Usted sí que es bruto ¿no? ¿Ahora justo se le ocurre hacerse el payaso? Disculpe Ingrid es que me la pasó servida… ¿Cómo que servida? Servida en la bandeja de tu abuela y movete con los platillos y las naranjas, que la luz está en rojo: treinta segundos de boleo y treinta de morisquetas mirando de frente a los parabrisas ciegos.

Nunca mires las monedas que te suelten, calculale el peso si querés pero no las mires porque se te corta la leche. Se cuenta después. Cuando corre el tiempo verde. Ingrid está totalmente concentrada en mantener sus cinco naranjas en el aire, y el Reta, que ahora es negro de rostro impúber, con el pelo largo enredado a lo Rasta recientemente oxigenado al amarillo militante, ese Retaguardia Recargado con milenios de Marimba, mantiene ahora girando tres platillos danzarines en el extremo de iguales bastones con punta de lata de La Gallega, solo que ahora más delicados y flexibles, bastoncillos jóvenes como de caramelo, antiquísimos dientes de ballena. A través de un vidrio oscuro, asuntos celulares contra orejas de caucho. Monedas sueltas en ceniceros vaciados. Ventanillas entreabiertas, dedos en punta sueltan cobre, leve avance de vanguardia, gambeta hacia los lados, escondido amarillo lateral, tres, dos uno, verde.

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Malabarista de C. Linero. Fusión de G. Lofredo (2009)

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Los de afuera se vinieron a pelear acá y los nuestros, con uno o con otro por la plata, por familia, deudas. No todos iguales. Siempre habrá gente justa, dura, firme en lo que cree. De donde sean Don Reta. La guerra embrutece sin discriminar, agusana la mente, le come el sentido del equilibrio, no hay a quien no le mate los sueños. Gane quien pierda. Vinieron a hacérselo todo suyo. O por la miseria, perseguidos, persiguiendo, para amontonar abundancia. Siguiendo la orden del patrón con látigo celular, picadores a sueldo, camuflados de todas las selvas y todas las arenas; a cada propuesta su metralleta, y a cada fierro su billete. Sueños, promesas y esperanza. El desierto, la sal y la arena hacen brisa de cualquier templo, le borran el destino a las trochas. Balas, sables, dudas y deudas, miedo, sumas, restas y saldos de cuentas, recuerdos de ceniza entre montones humeantes, carnes al carbón, que se vomitan sin haberse visto siquiera.

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Chivo en Bicicleta – Uribia – Santiago Harker

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El Chema se juntó con eso. En un par de años toda La Guajira era paracaidista. Decían que con los del César, del Magadalena, y de más arriba y más lejos, de donde ya ni se les entendía el hablado. Mentiras. Desesperados, cebados, ciegos de risa y con un diente de oro. Muchos guajiros no quisimos. Casi no quedaba ninguno. Decíamos que esa balacera acabaría con lo poco propio que nos quedaba. Terminaríamos en hueco de huesos y alaridos. Tendríamos que hacer entrar el mar de vuelta para que limpie y se coma tanto odio desperdigado. Empezar de nuevo.

Todos los repartos de mercancías que el mundo entero deseara se ubicaron acá, en los vericuetos de la costa Guajira, y eso trajo el desarreglo: con cuerpos guajiros cubiertos de sal, colgando de alambres sobre la arena, entre los ranchos, los chivos y cordilleras de adobe con cruces de espanto sin nombre. Las que quedamos con el hambre y los niños no teníamos brazos para desenterrar con respeto. Cundió vergüenza, se buscó distancia y se trató de olvidar.

Un domingo de abril, hace sólo tres años, brazaletes con calaveras Aucas llegaron a Bahía Portete y, desbocados, pisotearon con sus trocas encendidas nuestra media luna de playa, aullidos y remolinos de ponzoña, encamuflados de un verde medio marrón, un verde de mierda en el desierto.

Venían a matar para poder decir que el muelle de Portete, esa docena de palos clavados en la arena, donde secamos pescado y de donde saltan al agua los niños, ese punto fuerte por donde empezarían a trocar sarcófagos de nieve por licuadoras estéreo banda ancha y pantallotas como mesas de ping-pong de Panamá, Curazao, Margarita y las Bahamas, era suyo y allí se cumplían sus órdenes. Eran los mismos que siguen matando en Maicao y Carraipía para exprimirle todo el jugo a la gasolina venezolana que debió y pudo ser Wayuu de ambos lados del manicomio, para hacer algo de agua limpia y aire que se respire.

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Riohacha – Matadero – Santiago Harker

Por el muelle dicen que fue el desangre. Hombres algunos. Pero más mujeres, niños y los viejos que ya no podían huir o no querían hacerlo. Nada que a las jovencitas. Violaron a todas. Hasta desgarraron algunas que ya no respiraban. Otras desaparecimos. Dejaron de verme y me quedé entre ellos. A una tía la tiraron junto al telar arco iris y la golpearon hasta que dejó de moverse. Estaba a su lado. No dijo nada. Le preguntaban por cualquier cosa. Ella me veía. Me pedía que le ayudara a clavarle la bayoneta con que la marcaban. Que cuando le cortaran los pezones me dejase caer encima y la clavase en la arena de una vez y basta.

Fue peor. La dejaron mirar. Delante nuestro, el que hacía de jefe, el tal Manguera, mató a tiros a mi hermana, que era como hija para ella. El degenerado arrastró el cadáver y lo sentó en una silla de mimbre ahí a dos pasos. Desenvainó el machete y la decapitó de un tajo. La tía miró en silencio. Dejó de respirar un rato largo, suspiró y no dijo palabra. El mismo camuflado tomó la cabeza por los pelos y la puso en lo alto de un cactus crecido de la nada frente a la enramada de la casa. En Portete dicen que las muertas fueron doce. Pero en realidad todas quedamos entre los vivos y los otros. Ni de acá ni de allá.

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Triptico cementerio comp+

Nazareth – Entierro – Foto Santiago Harker – Wayuu (2005)

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~ by lofredo on August 12, 2009.

18 Responses to “BeTa-7. Fuga de Acordeones”

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