BeTa-21. Gasolina Express

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Joker and Knight – Kane – Finger – Miller – Nolan – Ledger – Bale (1939-2008)

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La llave de paso de la gasolina estuvo en reserva desde la última vez que al Reta se le agotó el combustible, unos diez kilómetros antes de llegar a Riohacha. Desde entonces tanqueó dos veces. Sin pérdidas, habría recorrido unos 700 kilómetros de Guajira. Más los paseos en camioneta. Pierde noción del tiempo transcurrido. El cuenta kilómetros, detenido desde el cruce de la frontera. Reloj y velocímetro, con síndrome bipolar. Almanaque aleatorio se ajusta con premiado por Pijao de Oro. ¿Cuándo fue que conoció a Isidro, al costado del camino? Un mes. Menos. No puede ser tanto. Una semana.

Cuando la Africana avisa con espasmos que se está quedando seca, el viajero transita por una vía polvorosa de ripio grueso y suelto. No solitaria pero sí poco transitada. Un rato antes se había cruzado con una camioneta cargada con bidones y campesinos. Según la hoja de ruta, estaba entre la Horqueta del Cerrejón y el cruce cerca de Fonseca con la troncal sur, hacia Valledupar. Pintado en letras amarrillas, sobre una piedra junto al camino, leyó Conejo, subrayado con una flecha. La frontera con Venezuela estaría en esa dirección, hacia el Este, a unos quince kilómetros, cuesta arriba por trochas que no figuran en su carta de ruta. En algún cruce poco claro debió desviarse sin necesidad.

Se detiene en el primer parche de sombra y desmonta. Al tocar tierra siente la queja de su rodilla derecha en un acorde de altibajos, la tuba tendón y el clarín lateral interno. Alerta amarillo patito. Toma unos sorbos de agua de la botella plástica y afloja los elásticos que sostienen el bastón de Don Amable contra el morral y las alforjas. Cuando consiga gasolina estrenará el filtro socrático. Reposa la espalda contra un tronco seco y se estira hasta sentir el reacomodo vertebral. A fin de cuentas, el camino es un modo más de pasar el tiempo, y eso hace.

Al rato, cuando empezaba a cabecear con el calor, un punto de polvo asoma por donde la vía se estrecha y se pierde en la primera curva ascendente. Una línea delgada. Toma un rato definir la bicicleta, la figura de un hombre con sombrero, morral, un par de cajas de cartón, un machete corto y el bidón de plástico con su promesa combustible.

Ronda los treinta años y podría ser abuelo. Parece ser de la zona. La rueda delantera está descentrada. El bigote tupido disimula su expresión. Él también habría estado midiendo al Reta mientras se acercaba: extranjero, veterano, perdido, tanque seco, vulnerable, bajo riesgo, palo punta de lata.

Buenas tardes, señor. Buenas tardes. Una alegría verlo venir tan preciso. ¿Gasolina? Sí, señor, creo que eso es lo que necesita. Así pasa. Las distancias engañan. El hombre desmonta y apoya la bicicleta contra el árbol. ¿A dónde se llega por este camino? Al campo. El Reta repasa alrededores de reojo: capaz se distrajo y se le pasó la ciudad, el pueblo, un caserío. Ahí termina. ¿En Conejos? Sí, de ahí en adelante es monte. ¿Hay paso? El hombre mide y pesa la Africana, el equipaje y el viajero. Está difícil. Mejor dé la vuelta por allá, más tranquilo. ¿Cuánto puede venderme? ¿Cuánto quiere? Con cinco salgo. Le doy diez por diez. Por si acaso. Con eso me arregla, gracias.

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Gasolina Express – Pimpinero – Foto Jan Sochor

Decían que del otro lado era a diez por uno. Ahí no más. Pero no es paseo cruzar esas canecas por el monte, cruzar el agua. No es paseo. Cierto. No es paseo y cada cual tiene que recibir su parte para evitar desgracias.

El Reta había escuchado a Rosquillo decir que era precisamente porque lo del reparto y las tajadas no estaba claro ni resuelto que estaba corriendo tanta mala leche. Se pierde la cuenta de cuántos, por quién y para qué.

El hombre de la bicicleta cruza sus cuatro pimpinas de veintiséis litros y sus champús desodorante desde que el tiempo es tiempo. Contrabando hormiga es mucho decir. Tránsito Homeopático exagera menos. Se juega el pellejo en cada cruce, con familia de ambos lados, rebuscándose el cómo sacarle sustento a los gradientes de oferta y demanda. El desnivel acantilado de los precios.

Manguera plástica de un cuarto. El Reta destapa el tanque y acomoda el filtro. El hombre mira y hace un gesto de aprobación mientras chupa y escupe hasta que corre sin aire y la mete cuidando no dañar la tela.

Algo atrae su atención del lado de la principal. El Reta sigue la mirada pero sólo alcanza a ver, a media distancia, unos pajarracos subiendo en círculos con una corriente caliente. Podrían ser aguiluchos o gallinazos. Unos, expertos en bocado vivo. Los otros, en anticipar el momento de la limpieza.

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Chupagás Pimpinero – WebPiX

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Podría haber usado la manguera más gruesa y ya habría despachado los diez litros. Parece la camioneta control lo que levanta polvo. El Reta la escucha antes de verla. El hombre mira pasar gasolina por la manguera. La camioneta viene con música. Doscientos metros. Quita la manguera y hace volver el líquido en tránsito a la pimpina. La enrosca bajo el asiento. El Reta quita el filtro y cierra el tanque.

El muchacho que conduce frena bloqueando llantas. Mientras se despeja la polvareda apaga el motor y, por unos instantes, queda sólo Daddy Yankee, con La Gasolina raspando ritmo en el silencio. Hay armas a su alcance, en el asiento del acompañante. La camioneta debe ser de uno de los que está en la bronca pesada por lo del reparto. En la puja todo vale, si convence a la competencia y mejora el porcentaje. Para las mayores.

Para las menores.
Para las zorras de cazadores.
Para las mujeres que no apagan motores.
Pero hasta el que pone la camioneta guerrea por miserias. Saca más que sustento campesino, eso seguro. Pero no más que para poder mostrarse en chatarra cromada mientras le dura la salud, que en el negocio del combustible escasea y se pierde por naipes en cualquier cuarto de hora en el semáforo equivocado.

Tenemos tú y yo algo pendiente.
Tú me debes algo y lo sabes.
Conmigo se pierde. Eh.
No le rindes cuentas a nadie. Eh.

Lo jugoso no entra en bicicleta, podría explicar, saboreando su tinto, cualquier ciudadano mínimamente informado, cualquier maestra de escuela, cualquier enfermera o trabajadora social. Y a su manera podría contarlo cualquier muchacho pimpineando al borde de las carreteras. El volumen importante entra en los camiones con barriles de cincuenta galones, en higiénicos e inoxidables camiones lecheros, en los tanques dobles de turistas reincidentes, y en las tuberías bien montadas que serpentean la maleza y no mueven medidor alguno.

Le gusta la gasolina. Dame más.
Le encanta la gasolina. Dame más.

Eso contaría el maestro de escuela, el cura del barrio, o cualquiera que creyera que vale arriesgar la salud alfabetizando al ingenuo viajero que pregunta y parece buenamente sincero. Diría que es tanto lo que pasa de ser gratis allá a valer fortuna acá, que el precio del combustible se afloja hasta en el anillo cintura de la capital del país. Capitales, habría que decir, porque hay varias. Comercio. Capital. Organización. Fuerza.

Ella enciende las turbinas.
No discrimina.
Hasta la sombra le combina.

Y cuando se dan los instructivos para principiantes siempre hay cerca algún fundamentalista liberal para hacer notar triunfalmente cómo el Libre Comercio, la Oferta y la Demanda sin Distorsiones Estatales construyen el único Camino hacia la Paz entre los Pueblos.

Asesina, me domina.
Janguea en limosina.
Se llena el tanque de adrenalina.

Y mientras, ¡Que Viva la Muerte, coño!

Lo cierto es que estos datos y opiniones están totalmente ausentes de lo que ocupa a los tres personajes que ahora se encuentran en ese camino tan poco transitado. El muchacho de la camioneta habla primero: ¡Amigo! ¡Se metió mal! Allá atrás, en la Y de la Vaca, debió seguir recto y a esta hora estaba tranqueándose una cerveza helada en Valledupar. ¿En qué puedo servirle? ¿Necesita combustible? Ya le sirvieron entonces.

Habla como patrón pero el tono no cuadra con su rostro sin bigote ni barba, casi infantil. Tampoco va con su tamaño, que le hace mirar el camino a través del volante y no por encima. Parece un niño haciendo sonar una voz de grande, más insegura que audaz. El Reta limpia suavemente sus gafas con saliva y un último pañuelo limpio.

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Uribia – Foto Santiago Harker

En el cajón de la camioneta hay dos bidones amarrados con cuerda verde en ocho y cruzadas con nudo camionero. Parecen vacíos. El paso frontera debe ser más que una trocha de monte para tener con qué llenarlos. Conejos.

El Reta se está apoyando más en el bastón porque la rodilla le molesta con insistencia. El hombre de la bicicleta acomoda su carga. El mango del machete corto asoma del morral en el que va la fruta y las galletas para el viaje. Le preocupa el tono del muchacho. Hubiera preferido que no se hubieran encontrado, que no coincidieran los tres allí, esa tarde. Quisiera montar en su bicicleta y seguir camino por dónde venía el recién llegado. Si éste se lo permitiera.

¿Qué Y de la Vaca?, pregunta el Reta. Ahí donde el cabezón cornudo. El alambrado. ¿La máquina, bien? Bien, gracias. Si es una maravilla, la belleza.

El Reta saca los billetes que había acordado pagar por los diez litros de gasolina y el hombre hace un gesto: guarde y preste atención a cómo se complica la situación. Faltaba más. Al turista se le ayuda. Vea si arranca y siga usted con Dios y cautela.

El Reta mira al hombre y al niño. Se percata de que se conocen y hasta que se parecen un poco. Sobrino, dice. Tío, contesta el mocoso. El Reta nota, entonces, los ojos hinchados, todo pupilas, capilares cargados como si no hubiera sido el polvo del camino el irritante sino lo que lleva dentro y le chorrea por los lagrimales con la voz de gallo patrón y las risas que descuajan.

¿Sabía, Tío, que al Gringo le dicen Aparicio? Imagínese. Don Aparicio Retaguardia. ¿Qué pasó, viejo? ¿No lo quería su mamá? El Reta quita el peso del bastón y esta vez la rodilla aguanta callada. La pausa acentúa el malestar. Se huele el mal aliento. ¿De dónde viene tanta muerte?

Sobrino, usted se ha pegado algo fuerte que le está lastimando el alma, así que despacio y con calma. Como agua bendita, Tío. Llevo dos días de no creer. Caramelo Flipeado, dice riendo, y se frota los ojos que le pican y chorrean.

Candy Flipping. Ácido, Equis y Aguardiente. Se está secando. Sobre el asiento derecho hay una Mossberg de seis tiros, un revólver niquelado y una caja de cartuchos doce.

¿Cómo así, Tío, no le va a cobrar al cliente? Cobre, Tío, los diez que corresponden, que de este lado no regalamos el combustible. ¿Supo que mataron a la Omaira? Frente a la tienda. Péndulo entre ternura y zarpazo. Duelo de ira. Dijo que no pagaba más. A todo Mercado Nuevo le decía que no pague.

Hay que hacerle tomar agua. ¿Cuándo fue, Sobrino? El muchacho no parece escucharlo. Mira por el retrovisor. Abre y cierra la guantera. Ayer, dice. Chupar una fruta. Algo. Tengo granadilla, Sobrino. El recuerdo del aroma lo distrae de lo que en la muerte de Omaira le espantaba. ¿De cuál, Tío? De las dos. De maracuyá y de la dulce. Amarilla y colorada. ¿De cuál quiere?

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Maracuyá con Ron – Eat my Heart Out – Fusión G. Lofredo

Hay que probar y ver. Pero el cambio es breve. El Sobrino tiene metida en el pecho una rata enferma que le asoma por la boca; hijueputa, por qué carajo trae la Veneca por acá si sabe que ya no se puede. ¿Eh? ¿Sabe que hay orden para hacer con usted, Tío?

Abre la puerta de la camioneta. Desprolijo, con el revólver al cinto y apoyándose en el estribo, se estira y toca tierra. De pronto parece contento, como si anticipara el sabor de la fruta. Un instante de equilibrio. Los tres de pie, de frente al centro de un triángulo virtual, y los vehículos como testigos: bicicleta, Africana y camioneta. Extrañas disparidades. Bastón, revólver, machete. Barba blanca, piel morena, tez confusa. Piedra, papel y tijeras. Aroma entre fruta fresca y vapor de gasolina. Tijeras cortan papel. Papel envuelve piedra. Piedra rompe tijeras.

El Tío sabe que ya no se puede seguir más por acá. Está decidido. Hay orden. Terco, el hombre. Don Aparicio no entiende nada. Usted no se meta. Disfrute. El camino se pone mejor. Haga noche en la casa del Valle. De mi parte, ahí le muestran lo que quiera. Todo servicio.

El Reta ofrece agua acercándole la botella y le dice al Tío que saque esa fruta fresca que se le hace agua a la boca. El Tío extiende el brazo hacia el morral de la fruta, del que asoma el machete. Los gestos sorprenden al muchacho aturdido por el dolor de fondo en el pecho. La rata escapa. Con un reflejo relámpago empuña el revólver y apunta al cuerpo de quien ya saca el machete del morral. El Reta levanta la punta metálica del bastón en una curva contra el revólver gatillado. La punta afilada del machete, en cambio, recorre una curva descendiente que cortaría lo indispensable. El bastón golpea el arma en el instante del disparo y lo desvía. Golpe, disparo y corte.

La bala se incrusta en el tronco junto al bidón de gasolina. El muchacho sangra poco, como si ya se le hubiera secado la sangre en el cuerpo. Parece haberse muerto callado antes de tocar suelo. El impulso deja al Reta a su lado. Rodilla en tierra. Inútil a fondo.

El Tío dice No toque nada. Recoja lo suyo. Monte y váyase. En el bolsillo del muerto, suena un celular. El Reta duda. Se repite una tonada roquera. Ni lo piense, Don Aparicio. Usted ya hizo lo debido. Asunto nuestro. Ahora siga. El Reta obedece en silencio.

Empezaba a oscurecer cuando llegó a la Y de la Vaca. Al encender los faros altos de la Africana, apareció, entre las sombras, la cabeza seca y cornuda, colgando atravesada por el alambre de púas.

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Contraband

Combustible Vital – Foto Jan Sochor

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Dos en Moto – La Guajira – Gino Lofredo (2009)

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Autopsia Morgue copia

Serie Autopsia – Fotos Camilo Rozo (2008)

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Belcebú en Alambre de Acero – New York – 2009 B.C.E. – Foto Web

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Pimpinas Auto Stop 2

Pimpinas Bajo la Lluvia – Foto Gino Lofredo (Junio 2009)

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~ by lofredo on August 12, 2009.

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