63. ¿Otro Escalona?

A los que estan acá por los viajes de Don Aparicio aclaramos que, en esta trifulca de vallenato, literatura, poder y egos nos remitimos a los que saben más de los temas. Cuando a  Retaguardia le contaron que Escalona había sido un “ególatra descontrolado” puso cara del que no conoce de qué se trata, de no entender la noticia.

Parece que creyó que  lo de ególatra se trataba de algún plato colombiano muy apreciado, alguna afición  nacional, como el cordero asado en cruz de la Patagonia, porque contestó preguntando: ” ¿Y de qué quiere que se alimente ese muchacho?  ¿De verduritas? Para hacerse arte hay que comer bien. Mucha carne: punta de cuadril, lomo de falda, hígado y puchero de lengua con longaniza. Carne propia y carne ajena…”

Disculparán al Retaguardia, sabe poco y es de afuera. y no le hablen de políticamente correcto que cree que se trata de asuntos de Motocross y a él eso no le gusta por el ruido y porque pisan las plantas. Después de un rato El Reta agregó: “Los que saben hacer cosas lindas, fuertes, que hacen llorar y pelear y no comen carne y no se inflan antes de cada alarido, esos no son del show business, esos son Santos, y a esos siempre se los come el León”  Brutazo el Reta carajo…

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Jaime De la Hoz S. nos dice:

He aquí, colegas, una faceta distinta del maestro Rafael Escalona, el gran juglar de la música vallenata. Registro seguidamente la nota introductoria de Alberto Salcedo Ramos, quien la ha dado a conocer mediante ese párrafo respetuoso que, pese a su brevedad, honra la memoria del insigne poeta de la música de acordeón y la del inolvidable escritor y cronista. Ambos se han ido y por tal razón es poco lo que hay que agregar, salvo que se trata de un extraordinario reportaje en el que se devela el lado ‘oculto’ -del que pocos hablan- de la personalidad del autor de La casa en el aire. Con mucho respeto, pues, envío este texto a RedCaribe porque lo considero ejemplar y escrito con un modelo narrativo propio del periodismo moderno. El reportaje de Usta fue publicado inicialmente en un desaparecido periódico de Cartagena y reproducido en una edición conmemorativa de Aguaita, dedicada al recordado colega.

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(Aunque sea políticamente incorrecto, sugiero hoy la lectura de este formidable texto de mi hermano y colega Jorge García Usta (Ciénaga de Oro, Córdoba. 1960-Cartagena, 2005). Me parece que este texto de Jorge aporta muchos elementos para completar la valoración de Escalona y no quedarnos solamente con los ditirambos que se producen bajo el efecto de la muerte reciente del renombrado compositor. Me parece, además, que los argumentos de Jorge merecen un análisis y ponen bajo la luz del candil un aspecto de Escalona que también debe comentarse. Hacerlo no es de mal gusto ni atenta contra la grandeza de Escalona. Más bien es un acto de justicia con el espléndido folclor de la Costa Caribe colombiana). ASR


El EGO DE ESCALONA


POR JORGE GARCÍA USTA


La gloria musical de Escalona era tan grande como su ego. Este reportaje, escrito por Jorge García Usta en 1995, retrata esta faceta poco explorada del compositor vallenato.

Cuando en 1982, en medio de los esplendores de la entrega del Premio Nobel, el compositor vallenato Rafael Escalona dijo que él había dado de comer al entonces famoso novelista Gabriel García Márquez cuando éste era pobre, la imagen de Escalona como compositor pueblerino, y campechano, y su imagen de costeño leal, comenzaron a erosionarse. Ya estaba, por entonces, erosionada en ciertos ambientes de compositores y en sectores de Valledupar, donde la imagen del Escalona compositor y del Escalona hombre, eran percibidas como dos caras de la misma moneda: la del poder social y la egolatría desenfrenada, que producidos por los orígenes humanos y los cambios sociales, se trasladan a la utilización de la música. En el código costeño de la amistad, un hombre capaz de recordarle en público o en privado, a otro hombre, sea o no su amigo, que le dio un plato de comida, produce la peor impresión y recibe los peores calificativos. Algunos campesinos dicen que para decir cosas así “se necesita tener el alma contrahecha”.

Pues bien, Escalona esperó a que García Márquez se hiciera famoso para recordarle que cuando era pobre y viajó por tierras del Cesar, él, el hijo de Clemente Escalona, viejo guerrero de las guerras civiles, que tenía entonces poder económico, le “llenó la barriga”.

García Márquez, cogido a contrapié por la recordación tan burda y la agresión desnaturalizada de su admirado amigo, atinó a defenderse, diciendo primero que él lo había hecho famoso al incluirlo en Cien años de soledad, lo cual para un compositor menos egocéntrico hubiera resultado evidente. Pero para Escalona no. Rafa, el maestro, comenzó a creerse, después de Cien años de soledad, que de verdad sus canciones eran las piedras angulares más grandes del mundo de Macondo, un mundo que entonces experimentaba una absoluta valorización tanto intelectual como financiera. No era, pues, Escalona una fuente de muchas -incluso estaban aún por ser descifradas- de las fuentes más importantes de ese mundo. No: Escalona era el precursor.

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Rafael Escalona  no fue vegetariano

Exponente auténtico del machismo del litoral, hombre de revólver al cinto, contrabandista de agallas y, sobre todo, mujeriego legendario (un verdadero gavilán erótico, según la morosa cronología escrita por Consuelo Araújo), Escalona tenía varias virtudes: un orgullo propio enorme, como lo describió la propia Araújo, y otras virtudes más frecuentes: recordando un episodio de su vida, Consuelo Araújo escribe: “Rafael Calixto Escalona, el auténtico, el real, renacía de sus cenizas y asumía la exacta personalidad con que había nacido y con que iba a morir: autoritario, impositivo, desafiante y altanero cuando en su camino o en el de sus amigos se interponía algo que los hiciera tropezar”

ESO LE PASA A CUALQUIERA

Eso le pasaba a García Márquez, pensaron algunos, por hacer homenajes a quien no los entendía. Muchos años después, el novelista, aún en la misma línea de fidelidad a los valores de la música popular, rindió homenaje a otro músico en su novela El amor en los tiempos del cólera, en este caso al juglar ciego Leandro Díaz. Y la respuesta fue distinta. Díaz, sin creerse menos o más de lo que es, expresó sus agradecimientos amistosos al novelista, antes de comenzar a ser visitado por periodistas colombianos, estudiantes de comunicación y periodistas europeos.

El maestro Escalona parece no saber que sin Cien años de soledad, él estuviera ya en el puesto que realmente merece: un gran compositor como hay, al menos, media docena en el folclor costeño, más allá y más acá de las fronteras del Magdalena Grande.

Pero de la misma manera en que la novela la produjo, por el bumerán del recuerdo afectuoso, una mitificación impresionante del llamado Grupo de Barranquilla, de la misma manera Rafael Escalona quedó convertido por la alusión novelística, en un pequeño mito creciente. Ligado, en el texto novelístico, al mito de Francisco El Hombre, y convertido en uno de los anillos concéntricos de las pretensiones míticas de la novela, la mitificación del antiguo alumno del Loperena resultaba aún mayor.

Escalona aparecía, más o menos, como el creador de algo que no había creado; detrás del hijo de Margarita Martínez había más de 15 juglares, cuyas obras y creaciones, borrosas por el paso del tiempo y la habitación de la periferia, quedaban resueltas como datos prehistóricos. El propio Pacho Rada pagaba como otros tántos (Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Juan Muñoz) el precio de ser un campesino raizal, al margen de la naciente y severa sociedad valduparense, y a pesar de los dones maravillosos de su acordeón, quedó rápidamente instalado en el papel de nombre arqueológico.

Más allá de sus compadres marginales y bebedores que ya no creían en el valse ni en la mazurca, como él, sino en el acordeón bien tocado y en la canción bien cantada, a Escalona lo protegió no sólo su nombre sino su origen. Mientras otros compositores morían esperando su turno para ser divulgados, Escalona se fue transformando en un poder cultural y se procuró una divulgación relativamente rápida, a través de un
muchachito lleno de habilidades formidables, al que ni siquiera miró por mucho tiempo, Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, mientras éste perseguía los toques virtuosos de Luis Enrique Martínez como al verdadero dios de la interpretación. Pocos años después, Escalona pretendió instaurar, según afirma Luis Enrique Martínez, una verdadera legión de intérpretes monopolizados. “Quería obligarnos a todos a grabarles sus canciones. Y obligó a muchos. Hasta el compadre Alejo (Durán) cayó en eso. Yo le dije que no. Le dije que había muchos compositores más y que todos eran buenos. Y había que mostrarlos a todos. Y fíjese todo lo que eso me costó”.

HISTORIA NO ES NOVELA, PERO…

Con la aparición de Cien años de soledad se produjo un fenómeno que aún merece mayor estudio. El carácter extraordinario, subversivo y revelador de la novela ante la orfandad de la historia costeña, ante el desprecio sistemático por la historia cultural y en este caso musical de la región, ante la indiferencia por una historia de lo cotidiano, apareció como una propuesta magna, casi idolatrada y en algunos casos mal leída y peor interpretada: quedó convertida en una de las fuentes históricas más ciertas, que –al margen de la historia de Las Bananeras- debía ser leída con distancia profesional y rigor humano, como lo exigía su propia condición de obra cenital del realismo mágico. La novela le daba un centro, un desarrollo y unos datos a la historia, aún sin escribir, del pueblo costeño. Pero era una novela, con su soberbia grandeza y sus leyes precisas hacia las formas de la realidad real.

Fidel y GGM

“¿Y estos amigos serán vegetarianos?  Todo con moderación. Pero carne hay que comer.” – Aparicio Retaguardia

En virtud de ese poder, inesperado pero justo en una región y en una nación que sólo mostraban atisbos dispersos de su memoria histórica, lo que eran testimonios de agradecimiento personal de García Márquez (vinculados en su mayoría a su propia experiencia personal, al drama de su propia vida y de su epopeya formativa como hombre y escritor), y que aparecían válidamente trucados como episodios de ficción fueron leídos no como una propuesta de historia desde los universos de la ficción sino como la historia inapelable. La remembranza amistosa, limitada, parcial, generosa y en últimas ficticia, quedó trasmutada en verdad generalizable, en documento único. De allí en adelante, desde la que realizaban algunas de las disqueras hasta las que hacían patentes los festivales de línea vallenata, se generaron las más variadas formas de discriminación contra las otras músicas costeñas –de casi todas las que no encontraron cupo en el sagrado salón de la fama de los ritmos ‘vallenatos’-.

Los compositores sabaneros, dentro de los que se cuentan verdaderos genios populares, entraron en un destierro ominoso. Con el tiempo se produjo una paradoja dolorosa: el vallenato emergió de su discriminación social y en el trayecto de su reivindicación, arrastró al eclipse a otros ritmos y otras músicas costeñas.

Durante muchos años, pocos músicos sabaneros lograron ganar el festival vallenato. El rey de la cumbia, Andrés Landeros, que ganó en dos ocasiones el segundo puesto y una vez ante Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, ganaba el favor del público, que siempre amenaza con desórdenes, pero no el del jurado. Según Luis Enrique Martínez, uno de los juglares básicos de la música popular costeña, incluyendo su vertiente vallenata, Escalona logró, mediante su poder, hacer que los grupos participantes en el festival tuvieran de un lado un acordeonero y de otro un cantante. Martínez sostiene que la idea original era que el acordeonero cantara, para que pudiera merecer, si era el caso, el reconocimiento como rey.

El festival no tardó en ver pervertidos sus impulsos originales. Alejo Durán denunció presiones como jurado. Adolfo Pacheco, uno de los más grandes compositores nacionales, dijo que el festival estaba hecho de tal manera que pudiera dividir la música costeña y hacer prevalecer los llamados aires vallenatos por encima de los ritmos sabaneros, y hasta de la forma de tocar de los sabaneros. Se abrió paso una corriente de menosprecio hacia los músicos sabaneros, que no escondía un cierto temor por la versatilidad interpretativa de ellos.

LLEGA LA VIOLENCIA

El controversial manejo del festival vallenato, que tántos comentarios provocaba, tendría su mayor estallido en el festival “Rey de Reyes”. Antes, fueron famosos los enfrentamientos entre la escritora Consuelo Araújo y el músico Alfredo Gutiérrez, quien aseguró que en cada festival le tocaba enfrentar una clara oposición proveniente de la junta organizadora.

El festival “Rey de Reyes” mostró, como no se esperaba, la brecha impresionante que hay entre Escalona y el festival, de un lado, y el pueblo vallenato de otro. Gutiérrez afirmó de entrada que el festival estaba organizado para entregárselo a ‘Colacho’ Mendoza, apadrinado de Escalona, y renunció a participar. Un locutor barranquillero, Gilberto Stor, dijo que ‘Colacho’ es un excelente acordeonero y no necesita que nadie lo ayude.

“A él le han hecho un daño enfrentándolo al público. Es evidente que la junta lo ha sobreprotegido y eso, lejos de favorecerlo a él, que no necesita ayudas pues sabe con el acordeón, le hace daño, pues lo coloca como el antipático del paseo”.

Consuelo Araújo atribuyó los desórdenes a “burdas y oscuras maquinaciones de cerebros malignos y de un grupo de vándalos”. El público no consideró buena la llegada de 100 soldados del batallón de artillería La Popa, ni las banderas de propaganda que inundaron la ciudad con un lema frontal, “Coca Cola con Colacho”. Fue un festival tenso, lleno de disputas y provocaciones de lado y lado: de la junta organizadora y del pueblo. La jornada final tuvo un desenlace violento: ‘Colacho’ Mendoza fue coronado en medio de la más violenta asonada que registre un festival folclórico en este país: 40 heridos, piedras, botellas y disparos. Alejo Durán fue coronado días después en Planeta Rica, en un acto simbólico de reconocimiento popular.

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Festival Francisco el Hombre – Riohacha  – La Guajira  – fotos Camilo Rozo (2009)

EL RESTO

El resto comenzó a hacerlo el ego de Escalona. Desde hace casi 20 años se comenzó a extender el cuento de que se trataba del “más grande compositor costeño”. De repente, la inmensa tradición oral costeña, que reúne, entre otras muchas joyas, historias de personajes inolvidables, anécdotas que son formas trascendentes de poesía o de novela, cuadros de costumbres llenos de gracia descriptiva, fantasías decimales, quedó reducida a poco menos que nada. Rafa Escalona surgía como el narrador musical por antonomasia, el hombre que desde sus pantalones caqui y sus pisadas de mujeriego temible, había creado en casi dos décadas una obra impar, un universo incomparable. Los otros creadores eran, a lo sumo, propietarios de obras parciales, universos incompletos.

Todos los otros compositores estaban hechos para hacerle la venia a Escalona, y aquel acordeonero, como lo recordó Luis Enrique Martínez, que no le grabara a Escalona, era pasto biche del destierro. El golpe de gracia lo daría el festival vallenato. El festival había tenido algunos antecedentes en Fundación, gracias, entre otros, a los oficios del comerciante árabe Camilo George, padre del actual alcalde de Barranquilla, y a los esfuerzos de escritores como García Márquez y Cepeda Samudio, quienes terminaron vinculando a periodistas del interior como Daniel Samper Pizano y Enrique Santos Calderón, vallenatólogos genuinos desde entonces.

Después, a raíz de una visita de García Márquez a Colombia, Escalona decidió reunir un grupo de músicos en Aracataca para solaz del escritor. El festival estaba fraguado: el evento se necesitaba, y podría ser el paso más firme en la reivindicación social de la música vallenata. En su primera versión, a pesar de ser el favorito, por una extraña falta de aviso –según muchos vallenatos- quedó eliminado el gran Emiliano Zuleta, cuya magistral “La gota fría”, sería puesta 30 años después en el sitio que merecía por el joven músico Carlos Vives.

Así, pues, líricos como Leandro Díaz quedaron aplazados en su valoración por no ser cronistas. Como el vallenato era visto sólo como una crónica pura, sin mayores contaminaciones líricas, y como Escalona era un compositor que narraba, sobre todo narraba, Escalona y el vallenato eran vistos como una sola cosa.

LA OBRA IMPORTANTE

Nadie podrá negar la importancia de la obra de Escalona. Ha compuesto algunas de las canciones más importantes de la historia del país. Pero se trata de una obra que tiene numerosos semejantes, en corrientes muy diversas, tanto dentro como fuera de los llamados ritmos vallenatos (paseo, puya y merengue), división rítmica que constituye otra de las entelequias armadas por las necesidades comerciales del festival, pero que no tienen ninguna correspondencia con la verdad histórica, como lo muestran las investigaciones escrupulosas de Ciro Quiroz y las declaraciones de Adolfo Pacheco.

Su origen social le permite a Escalona las confusas jactancias de siempre: “Hago canciones cuando quiero porque me levanté en un ambiente social y económico diferente al de la mayoría de los compositores vallenatos”.

Es, pues, un caso peculiar. Escalona no sólo no canta ni lee música sino que la prohibición social de la familia –inexplicablemente aceptada en un trasgresor sexual, como lo era el maestro en el Magdalena Grande de mitad de siglo- le impidió aprender a interpretar algún instrumento, pues esos instrumentos, en el corsé de prejuicios de las clases señoriales de Cesar, eran chécheres de la pobrería, bullas de la gentuza del monte. No deja de ser extraña una cima musical, que ni lee ni interpreta, sino que componía y le silbaba a su compadre Poncho Cotes la letra para que éste hiciera la versión en guitarra.

Así lo conoció García Márquez a fines de los años 40, cuando lo consideró “el intelectual del vallenato”. Estas características, que no constituyen formas de demérito absoluto pero sí de suspicacia popular, sumadas a la conocida egolatría de Escalona, han provocado que en distintos puntos del Cesar y de la Costa, se inventen cuentos pérfidos, debido a la intempestiva sequía composicional que el maestro ha padecido hace, por lo menos, 30 años.

La más perversa versión –que rueda, sin contención, en muchas malévolas parrandas de Cesar y que lo único que prueba es la antipatía que el maestro provoca en algunos círculos- asegura que el maestro no compone desde cuando se le murió una abuela, que según el infundio era la que le proporcionaba temas y tonos.

Jorge Nieves, profesor y músico de la Universidad de Cartagena, dice que le oyó decir a un engallado Leandro Díaz que Escalona menguó su producción desde que él, Leandro, “había aprendido a chiflar para adentro”.

Todas esas acusaciones, muchas deslenguadas, tienen mucho que ver con el imperio que Escalona se había propuesto plantar en las tierras musicales de la Costa, con los excesos cometidos en ese proceso de a veces somática tiranización. Y desde luego con varios pecadillos autorales.

Por ejemplo, Leandro Díaz fue presto en reclamar la música de “La brasilera”. El maestro Tobías Enrique Pumarejo, alma de Dios, le contó al periodista Alberto Salcedo un simpático hurto de su amigo Rafa:

“Una vez estuve hospitalizado y mi compadre Rafael Escalona me fue a visitar. Antes de salir, se volteó y me dijo: ‘Ah, compadre, se me había olvidado decirle que por ahí le cogí una cosita’. Yo le contesté: ‘hombre, compadre Rafa, gracias por tenerme en cuenta’.

“La cosita mía que el compadre utilizó fue la música completa de un merengue, que él le puso a su canción ‘En la ceiba de Villanueva’. Ni más faltaba que yo le negara ese favor a Rafa, que es como mi hermano”.

El profesor Nieves indica que la música de “El testamento” está tomada de una canción del músico brasileño Waldir Acevedo.

¿EN QUÉ MOMENTO SE JODIÓ EL MAESTRO?

Parece que hay una distancia grande entre el Escalona de los primeros tiempos –décadas del 40 y del 50- y el Escalona de hoy. Algunos creen que es la misma diferencia que puede haber entre una calle soleada de Patillal y la atmósfera de intrigas poderosas de algunas zonas de Bogotá. Como Escalona estuvo vinculado desde la fundación del departamento del Cesar a los poderes políticos nacientes y como sus cantos (los cantos que más impulsaban en esa época) fueron vinculados a la gestión política para la independencia de Cesar, como le hizo una canción inesperada y mediocre al general Rojas Pinilla (que le granjeó críticas de amigos, pero le abrió desde entonces mayor espacio a su nombre y mejores relaciones sociales), como fue el primero en asentar, desde su autoridad, una corriente pervertida de cantos coyunturales (él, que le negó una canción a García Márquez, argumentando que no hacía canciones “por encargo”), fue el autor pletórico de varias basuritas musicales como López es el pollo –que le mereció un consulado en Panamá-, y Canto a Fabito (El godo decente y dos tipos importantes) que le granjeó una medalla en el Palacio de San Carlos), como ha estado siempre en claras vinculaciones políticas, algunos creen que la relación con el poder político y sobre todo su residencia en Bogotá, le han cambiado el alma.

Otros, impiadosos, dicen que no. Que el maestro era así, desde chiquito, pero estaba esperando la oportunidad. Su comadre y destacada escritora Consuelo Araújo sostiene que: “La ciudad y los cargos burocráticos, para los que no nació y a los que nunca debió sucumbir, se tragaron al cantor, al soñador impenitente, al compañero generoso y cordial que siempre anduvo con una larga de protegidos, generalmente de posición más baja que la suya, a los que llevaba a todas partes y metía por todas las puertas y para los que esperaba y exigía atenciones y delicadezas semejantes a las que a él se le brindaban; al desconcertante compositor que sin conocer una sola nota del pentagrama, ni saber de música, ni de ritmo, ni de melodía, ni de métrica, pero sin tener mucho oído siquiera, concibió las mejores páginas de un género musical que le ha dado la vuelta al mundo”.

“A veces pienso que una toma de conciencia tardía sobre su propia importancia, que nunca le habría importado mayor cosa, o el descubrimiento extemporáneo de su inmenso valor, fue lo que acabó marchitando al vallenato auténtico de pantalones caqui y camisas de colorinches para dar paso a un acartonado ciudadano que, entre Barranquilla y Bogotá, anda embutido en unos imposibles vestidos enteros con saco, corbata y chaleco”.

Es posible. El maestro está hoy en la tierra virgen de la inocencia egolátrica. Hace poco, en una encuesta de El Espectador, volvió a hablar, como si estuviera en la plaza de Patillal en 1948, de sus conquistas de mujeriego irresistible, y el mismo diario publicó ocho días después en la sección Doña Augusta, una nota, “El ego de Escalona”, burlándose del machismo obsoleto del maestro.

En una encuesta hecha este año por la revista Diners, varios músicos mencionan las canciones colombianas que le parecen mejores. Nadie sabe si preocupado por la irresistible ascensión de otros compositores vallenatos, a través del fenómeno de Vives, el maestro menciona, con candorosa vanidad, como las mejores canciones, las suyas.

Está asustado. Desde que La gota fría de Zuleta apareció en las listas de Billboard o fue tarareada por 60 mil españoles en Madrid, desde que La tijera de Luis Enrique Martínez se vendió tánto que le permitió al compositor comprar su casa, desde que La hamaca grande sufrió el mayor disparo de ventas de su historia, desde que las canciones clásicas de Alejo Durán reciben la atención sinfónica, y ahora que aparecen, nítidos, hermosos, reclamando su puesto, los aires de las regiones sabaneras eternamente arrinconadas por el comercialismo vallenato, el maestro no duerme bien. Por eso desata cíclicas arremetidas contra Carlos Vives. Mientras el cantante lo personificó en una serie de televisión y mientras grabó sus canciones, Vives fue bueno, un muchacho interesante, a pesar de que ya introducía variaciones y dinamizaciones instrumentales en los cantos grabados. En cuanto Vives descubrió la extraordinaria riqueza de otros compositores y los llevó a la admiración y aclamación públicas, Escalona no descansa de decir, enfático y con el rostro descompuesto, que Vives está degenerando el vallenato. Esto, a pesar de que Vives aclara que él no graba vallenatos ni hace folclor. Pero eso no importa. El maestro bracea, una vez más, contra el lodo de su propia vanidad.

YO SOY RAFAEL ESCALONA

Tal vez la demostración más pública de los actuales niveles del maestro Escalona ocurrió en el Festival Nacional de Gaitas de 1992, que en medio de heroicos esfuerzos realiza cada año el pueblo sucreño de Ovejas. Se trata de uno de los festivales más importantes de Colombia, con un alto nivel de intérpretes y grupos, que tiene la virtud de mostrar, mediante grupos infantiles y femeninos, no sólo la continuidad sino la diversidad dinámica de una tradición musical.

El maestro Escalona fue invitado como miembro del jurado de la categoría profesional. Pero no tuvo nada que ver con la pretendida austeridad del festival, y menos de 24 horas después de la llegada de Escalona al festival, su presidente Jorge Cadena, un ovejero pequeño y servicial, dueño de una voz casi inaudible, estaba desesperado por los gastos crecientes del maestro.

Ingenuo, con una fe ciega en los modos campesinos y apacibles de los compositores costeños, Cadena pensó que la presencia de Escalona iba a ayudar al festival. El maestro se había presentado con una comitiva femenina bastante numerosa y, según Cadena, los gastos en alojamiento y en consumo de alcohol estaban por encima del presupuesto del festival.

-Nojoñi –repetía Cadena- nojoñi, yo no pensé, mano, que esto era así. Yo pensé que esto iba a ayudar.

-Y claro, marica –le respondió alguien-. Y mientras tanto tienen a Landeros durmiendo en hamaca. Como ese sí vale y es descomplicado, entonces lo jondean por ahí.

El maestro trataba de hacer lo que hace en otros festivales. Y el papel de jurado era más bien nominal. Casi nunca llegó a tiempo para observar la presentación de los grupos profesionales, que eran citados en el patio de la alcaldía del pueblo. Y en la mayoría de las ocasiones, promovía discusiones tontas encaminadas a hacer notar su presencia. El maestro Pello Torres, director de orquesta y gloria musical de las sabanas, y Andrés Landeros, dos veces segundo en el festival vallenato y uno de los mejores creadores de cumbia de este país, debieron sufrir diversas atorrancias de Escalona sobre toques y posturas de los grupos, y una singular incursión teórica del maestro por las fidelidades de la cumbia.

En Ovejas, Escalona no estaba en su ambiente. Es un festival insurgente, en cuanto ha venido entregándole a los aires de gaita su dignidad perdida, que no cree en el comercialismo fácil, y que, al mismo tiempo que corre los riesgos de un folcloricismo a ultranza, también es capaz de mostrar las agredidas riquezas de la tradición. Cada año en esa tarima se escuchan canciones extraordinarias e interpretaciones de una calidad que no admite discusión. La gaita ha sido irradiada inclusive a puntos del interior del país como Bogotá y Pereira, que cada año envían grupos sobresalientes. Músicos como Enrique Arias y Victorio Cassiani son la demostración palpable de que los grandes músicos, como los grandes hombres, conservan su humildad, más allá de los lamparones del éxito. Cassiani es un prodigio: con más de 80 años es un intérprete demoníaco de la gaita y sus intervenciones en el festival sumergen la plaza en un aire de contemplación religiosa. Oír cantar a Cassiani es, sin duda, una experiencia religiosa.

COMO BLANCO CON INDIA

Así, pues, no era nada extraño comprobar que en Ovejas el maestro Escalona, más allá de su mirada permanentemente vidriosa, se sentía como blanco preñando india. De tal manera que el penúltimo día del festival, asistimos a unos de los espectáculos más grotescos que la vida nos ha mostrado. Como el maestro Escalona había llegado tarde a todas las jornadas de presentación en la plaza de Ovejas, el maestro de ceremonia, en un hecho natural, cada vez que un grupo iba a iniciar su presentación, le preguntaba al maestro Pello Torres si ya el jurado estaba listo para que el grupo pudiera iniciar su presentación.

A la cuarta pregunta a Pello Torres y mientras el público disfrutaba, el maestro Escalona se puso de pie desde la mesa del jurado, gritó hacia la tarima y hacia allá se encaminó, con un aire casi cómico de dios ofendido. Tomó el micrófono entre sus manos y se dirigió a aquella audiencia desprevenida, con su seductora voz cantarina:

-¿Qué es lo que este señor quiere? –dijo mirando al animador, que, a su vez, lo miraba impotente-. Yo soy el maestro Escalona, hombre grande, conocido en todo el país. Yo soy más grande que Pello Torres y usted ¿por qué cada vez que habla al jurado pregunta por Pello Torres? ¿Quién es Pello Torres comparado conmigo? Ajá, ¿qué es lo que usted quiere?

El público, confundido con la reacción de una egolatría nunca vista en aquel festival de campesinos geniales e incorruptos, desprendió unos aplausos por aquí, unas silbatinas por allá. Algo se había roto en la noche cálida y entre los hombres íntegros por la agresión demencial. El maestro Pello Torres siguió sentado en la mesa, sin mover una ceja, dedicado a examinar sus papeles. El festival siguió ensombrecido por la agresión. Lívido, avergonzado, Cadena, el presidente, se acercó a los miembros del jurado de la canción inédita.

-Vuelve a invitar a ese pendejo –le dijo uno de los jurados-. Ese pendejo cree que está lidiando cachacos. Sáquenlo de este pueblo.

Cadena no dijo nada. Había dormido poco en los últimos días, resolviendo problemas, dormidas, alojos, invitados y aparecidos, y sólo le faltaba soportar el toque egolátrico de Escalona para hacer completa su desdicha nocturna.

La noche final del festival, el pueblo se congregó en la plaza, en medio de las expectativas. Antes de iniciar la presentación final de los grupos, se pronunciaron dos discursos vehementes. El primero lo dijo Cadena. Afirmó que el festival había sido irrespetado por un invitado, que los organizadores se sentían mal y que este festival no permitía ofensas.

El segundo discurso fue aún más categórico. En un tono de vehemencia sostenida, uno de los organizadores del evento y uno de sus fundadores, Alfredo Taboada, dijo que la agresión de Escalona contra la música sabanera representada en el maestro Pello Torres no podía pasar inadvertida para el festival de Ovejas, que el maestro Pello Torres era el músico mayor que la región había visto durante 30 ó 40 años, que los había acompañado siempre y que el festival de Ovejas no dejaba pasar ese ataque a uno de los mejores músicos de Colombia. Así, agregó, Taboada, que “las puertas están abiertas, el que se quiere ir, se puede ir, pero no permitimos irrespetos de nadie”. Los aplausos del público, preparados o no, duraron casi cinco minutos, en oleadas, con incorporación de guapirreos, interjecciones incendiarias.

Escalona se paró de su mesa, caminó a un lado, se devolvió, tratando de buscar aliados para soportar la andanada orgullosa de los ovejeros. Volvió a caminar, pesadamente, ahora en un semicírculo incierto. Las mujeres que lo acompañaban lo llamaban: “Ven Rafael, ven”. Finalmente, Escalona, aislado en el círculo de sus disparates anímicos, se sentó en la mesa.

Uno de los miembros del jurado de la canción inédita se paró para increparlo:

-Esta no es tu finca. Aquí hay gente que vale más que tú.

Julio Sierra Domínguez, un escritor sucreño, tomó al jurado del brazo y lo trajo de regreso a su mesa Después de cerca de 10 minutos, Escalona se puso de pie y seguido por las mujeres, se dispuso a marcharse. Entonces se oyó el grito clarísimo del borracho desde la barrera metálica que separaba al público de la zona de jurados:

-¡Que se vaya rápido el que sobra! Así quedamos completos.

Fidel y GGM bw 2

“Vea: en Blanco y Negro se nota mejor que ninguno de los dos le va a decir que no a un Bife de Chorizo y un buen vino. ¿No cree? Y los ayunos de Cristo parece que eran para bajar los triglicéridos y el colesterol después de conspirar y celebrar los buenos tiempos con unas comilonas poco kosher pero de chuparse los santos dígitos. ¿Por qué no? ¿Eh?

Aparicio Retaguardia (2009)

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~ by lofredo on May 18, 2009.

One Response to “63. ¿Otro Escalona?”

  1. […] 63. ¿Otro Escalona? […]

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