23. El Centésimo Atributo

“El Reta deja de mirar a Ercilia y se cruza en los espejos del salón con otros ojos tomándose un respiro de lo suyo: un hombre de edad teñida saca risa de dos veinteañeras anisadas en hielo, hoja de menta y Sprite; picando chifles y aceitunas rellenas de ají; dos hombres fibrosos, inexpresivos, le ven mirarlos por reflejo en terceros espejos; comen genérico pescado empanizado, con arroz, huevo frito y ensalada. La autoridad se alimenta pero no duerme. Américo sigue las miradas cruzadas y termina en el Reta mientras retira la vajilla del segundo plato de una mesa satisfecha.

“Le desagradan los celulares. Los tolera pero no porta. Generalmente ni los ve ni los oye. Esta vez es distinto. Ercilia le sonríe y él vuelve a disfrutar el momento. El celular está en el bolsillo interior de la chaquetilla de cuero. El pañuelo rojo de seda. Ercilia desliza la cremallera sin despegar la mirada de los ojos del Reta. Sin interrumpir la sonrisa. Tres, cinco, seis maravillosos centímetros. Desliza dos dedos entre su piel y el cuero y como si fuera carterista de trolebuses lo desliza sobre el pecho, el cuello, despeja el cabello y contesta.”

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Ercilias Tres Directos

Dra. Ercilia Maberek – Tésis Cum Laude “El Debido Proceso” – Secuestro y Rescate – FotoPix  G. Lofredo (2009)

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Ercilia: Mi primo Américo es el mayor. Al que secuestraron fue Joussef, su hermano, que es de mi edad. Íbamos juntos al Colegio Arabe Colombiano. Ese que está al lado de la Mezquita. Después te muestro. Joussef, Jusí. Juicy. Un ángel. Ajá.

Cruzaba la calle una mañana hacia el portón del Colegio cuando un auto se atraviesa y se lo llevan pataleando. Era la semana antes de Ramadan. Yo me graduaba ese año. Mi tío no tenía ni el poder ni los recursos de mi padre. Mi tío es de Gaza. Estuvo preso en Israel por ser Fatah. Cuando salió su pueblo era escombros y su gente hizo ciudades de lona. Llegó a Maicao en el 68 cuando empezaba la Bonanza Marimbera. Creo que pensaban que él estaba en eso y no. Vivía de su trabajo. Tenía la carnicería. Ésta de acá, al lado del restaurante. Había aprendido a faenar siguiendo las reglas musulmanas. Sus cuchillos se fundieron con el acero que atravesó el torso de los Mercenarios de Federico Barbarossa en la Cruzada que llaman Tercera, tres siglos antes de que el Gran Almirante pisara las playas de La Guajira y conociera la Cueva de Perlas, no te olvides.

El Reta: ¿Fatah?

Ercilia: Sí. Fatah. ¿Arafat? ¿OLP? ¿Gaza? ¿Holocausto Palestino? ¿En qué caverna te tuvieron encerrado? El Reta: No te enojes. No te burles. Seguro que alguna vez supe. Pero se me escapan los nombres. Algunos dicen que yo mismo los escondo o los espanto. ¿De verdad quieres saber dónde estuve estos años? Bueno, a mi me gusta la moto. Vos sabés. Es mi afición. Entonces no me quedo mucho tiempo en el mismo sitio. Un tiempo viví en Gregores. Gobernador Gregores. Ercilia trata de ubicarse. Se imagina Gregores como un oasis en el camino a Damasco.

Es al Sur. Al Sur de Pasto. Pasas Quito. Más allá de donde dibujaron el picaflor en el desierto. Llegas al Titicaca y sigues hasta Neuquén. Allí por donde los Nofal hacen el vino. Este vino que no está nada mal. Por donde empieza el hielo y el viento, por ahí es Gregores. Calles flanqueadas de álamos. Sólo se oye el viento y después del colegio un rato los video juegos. Nunca fui bueno para los nombres. Pero seguí contando. Aunque no entienda todo. Me gusta escucharte. No me vas a dejar en suspenso. ¿Lo rescataron al gurí?

Se complicó. Todo se complica. ¿Sabés cómo funciona lo de los secuestros?

El Reta: No. La verdad que no. Es decir sí claro. Te secuestran y piden algo a cambio. Si se lo dan te sueltan y si no se lo dan te cortan un dedo o una oreja y siguen conversando. Si no hay acuerdo te dejan tirado por ahí. ¿No es así? Bueno y no solo conseguir la plata claro. Hay que rezar. Hay que rezar. Eso ayuda, decía mi abuelita. Aunque no sirva, algo ayuda.

En realidad El Reta alguna vez supo mucho de secuestros porque en los libros del Tigre de la Malasia siempre sacaban arrastrando a alguna mujer bien dotada. Y no hay una sóla aventura de Tintin en que no secuestren a alguno de los buenos. Hasta a Milú lo secuestran cada dos por tres. El trapo con cloroformo y la flechita con la droga de la locura, amnesias por cachiporra y embrujos a distancia.

Ercilia va por otro lado: ¿Cómo te explico? Es un poco como lo de las hipotecas chatarra. Cuatro cualquieras cazan a alguien. Juntan media docena y se los venden a otros más duchos, con más experiencia, los que se conocen de memoria el negocio duro y lo manejan bien. Van a “ Los Mercados” como dice Alberto Padilla en CNN. Especialistas calculan precio y por una comisión se encargan del negocio. Cambian los cuidadores. Esos ni saben para quién trabajan. Pueden ser los del levante o cualquier subcontratado. Es que el mantenimiento no es fácil. Comida, salud, techo, seguridad. En fin. El hecho es que no se pudo negociar. Pasó un año y nada.

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Maicao desde la Mezquita Omar Ibn Al-Khattab – La Guajira – Gino Lofredo (2009)

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Mi tío y mi tía no hablaban del secuestro. Decían que Jusí estaba bien, que estudiaba no sé qué y no sé dónde. Que había viajado a Beirut. Y la situación se puso muy dura para todos nosotros. Para los árabes digo. Bajó el comercio. De un día para otro decidieron acabar con el puerto libre y declararon contrabando al comercio. Traición a la Patria. Llegaron a La Guajira conquistadores y perseguidos de todos los colores y texturas. Guerra. Feo. Muy feo. Y si se sabe que estás vendiendo algo para pagar un rescate te ofrecen menos.

Engrillar un débil querido y necesitado para sacarle todo a los que quieren y necesitan. Una mierda en la que pensar duele y pide calma con burla cuando que se la ponen delante. Olvidar no es fácil. Es un derecho que merece respeto. Pero ahí está inseparable de Ercilia. Y aunque duela se deja llevar como hace el lector cuando se enrreda en las novelas de terror.

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Compro Cacao – Via Monte Saino – Esmeraldas – Gino Lofredo (2008)

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A Jusí lo habían sacado de la Guajira hacia el Cesar. Eso supimos. Supo Américo. Aparecieron caras nuevas dizque con autoridad para negociar. Los primeros les habían vendido al Jusí como parte de la franquicia. O quizás los mataron y heredaron los rehenes. Difícil armar los detalles. Farc, Aucas, Metemonos, Pepes, Aguiluchos. Cualquier cosa. No eran nada. Nada. Negocios chatarra.

Mi tío aceptó que Américo negociara la última palabra, la final. Habían vendido todo. Tenían la mitad de lo que pedían. Jusí había estado secuestrado un año y medio. Cuando lo levantaron tenía 15 y ya cumplía 17. En el cuerpo de Ercilia suena un timbre de teléfono antiguo.

El Reta deja de mirar a Ercilia y se cruza en los espejos del salón con otros ojos tomándose un respiro de lo suyo: un hombre de edad teñida saca risa de dos veinteañeras anisadas en hielo, hoja de menta y Sprite; picando chifles y aceitunas rellenas de ají; dos hombres fibrosos, inexpresivos, le ven mirarlos por reflejo en terceros espejos; comen genérico pescado empanizado, con arroz, huevo frito y ensalada. La autoridad se alimenta pero no duerme. Américo sigue las miradas cruzadas y termina en el Reta mientras retira la vajilla del segundo plato de una mesa satisfecha.

Al Reta le desagradan los celulares. Los tolera pero no porta. Generalmente ni los ve ni los oye. Esta vez es distinto. Ercilia le sonríe y él vuelve a disfrutar el momento. El celular está en el bolsillo interior de la chaquetilla de cuero. El pañuelo rojo de seda. Ercilia desliza la cremallera sin despegar la mirada de los ojos del Reta. Sin interrumpir la sonrisa. Tres, cinco, seis maravillosos centímetros. Desliza dos dedos entre su piel y el cuero y como si fuera carterista de trolebuses lo desliza sobre el pecho, el cuello, despeja el cabello y contesta.
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Desierto de Atacama – Dunas – Cruce Argentina Chile – Dakar 2009

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El Reta no lo sabe pero tiene la boca entreabierta, los labios un poco hacia fuera como si fuera un niño que espera que le dejen dar una chupadita al helado que se chorrea ante sus ojos.

Ella no se quita la sonrisa de los labios aunque las pupilas sí se contraen por un instante. Sí, dice. Sí. Nosotros bien. Sí. Entre las tres y las cuatro. De acuerdo amor. Nos vemos luego.

Se le desinfla el corazón. Hay otro y Ercilia podría terminar la noche con el Reta en el banco de suplentes. Fuera de Juego. Debe haber puesto cara triste porque ella hace gesto maternal y con su mano libre le acaricia el rostro. No se ponga celoso amor. El Reta siente sus uñas rascando piel en la raiz de su barba. El fantasma de la disfunción erectil huye aterrado del escenario. El Reta recupera compostura. Con el flujo al glande le vuelve un chispazo de autoestima.

Y ella explica que era Ingrid. Que está con Pablo. Que si queremos ir a dar una vuelta en las motos que con la luna llena se ve todo. Ellos conocen. Te animas? Recupera el entusiasmo. Quiere más. El bastón sigue en su sitio y se enciende. Quiere todo ya. Quieto potro, quieto. Tiempo al tiempo. No ve que con cada rato que pasa te pones más muchacho?

¿Que si se anima? Aunque manejar de noche la Africana por las trochas… No te preocupes con ella agarrándote de atrás verás en la oscuridad como gato en un tejado caliente. Con Pablo Mondragón, hombre libre, recorrer trochas de arena en noche de luna, siguiendo el cuerpo de Ingrid en la Freewind delante y con Ercilia abrazando al Reta en la Africana. Cabretilla gris misterio y el salpicar del lodo en las botas. No es cuestión de animarse. Se trata de cómo perpetuar la secuencia que no deja de imaginarse. Replay. Replay. Replay

Adivinando la situación Américo se acerca con dos tazas de tinto y unos delicados dulces de raspado de coco, nueces y miel de abeja.

Te sigo contando: Acordaron un punto de encuentro. Américo tenía que llevar la plata. Era todo lo que tenían. Américo y dos paisanos más. Uno joven y otro veterano. La madre, mi tía, no quería. Mi tío se quedó con ella. Estaba convencida que los fulanos se quedarían con la plata y con su otro hijo. Los veía como eran cuando gateaban entre sus piernas. Soñó que engañaban a Américo y lo tiraban junto a su hermano en una jaula llena de monos. Se despertaba aullando. Tuvieron que internarla El sitio era de Valledupar largo hacia la Sierra. Américo decía que saldría con su hermano o lo sacarían muerto. Armados, tacos de dinamita y pastillas de cianuro. Para todos. Pactaron entrematarse para no quedar pegados.

En el restaurante parecía haberse hecho silencio. El bullicio seguía allí pero el Reta no lo escuchaba. Sólo oye la voz de Ercilia. Américo se desplaza de mesa en mesa. Trae fuentes, platos al vapor, hace probar vinos, da órdenes a la cocina. Pasa de un espejo a otro. Cruza la mirada con Ercilia o con el Reta que le escucha. Asiente levemente confirmando la veracidad del relato, de lo que sucede allá en el monte, cuando se acercan a la choza, muy entrada la noche, largo rato antes de la hora acordada.

Sorprendieron a dos que dormían. Los desarmaron y los amarraron. Josí no estaba allí. Decían no saber dónde estaba guardado pero en todo caso no estaba a su cargo y no era cerca. Eso decían. Habia un tercero afuera que no habían visto. Américo escuchó ruido de monte y un silencio repentino. Los ojos del menor de los secuestradores delataron al de afuera que sopleteaba balas a través de la pared de caña pelada. En el tiroteo mueren los dos compañeros de Américo, el de afuera y uno de los amarrados.

El otro queda intacto, era el mayor, un tipo simple, duro de espíritu y de mirada muda y fría como un páramo. Américo con una herida en el hombro lo saca del cuesta abajo como puede. Desbarrancándolo a culatazos. El hombre intenta escapar por una quebrada ciega. Américo lo detiene con dos disparos al aire y otro a un puño de la cabeza. Amanecía cuando el padre con su gente los vió acercarse al caserío donde quedaron rencontrarse.

Había que ubicar a Jusí ese mismo día. Los demás se enterarían de lo sucedido en pocas horas. El hombre sabía la urgencia y callaba. Mi tío ordenó que nadie lo tocara. Dió una instrucción a Americo y se encerró con el preso en el taller de las carnes. Un bracero con carbón encendido da cierta tibieza al ambiente. Américo entra con un bulto cubierto con tela blanca como de toalla y lo pone sobre el mesón de faenar frente al preso. El acero al rojo del cuchillo resalta la limpieza del sitio. Cuando su padre empuña el mango de cuerno del cuchillo Américo quita el paño y descubre un cordero joven, esquilado, los ojos entreabiertos como si estuviera adormecido y no muerto. Américo agarra el cordero por el cuello y las patas traseras.

El padre busca comprensión en el fondo de ojo del preso y sin hacer pausa clava el filo al rojo en el anca del animal. La carne chista y chilla como haría el animal al ser capado y marcado. Por un instante el preso parece despegarse de la silla. Los puños apretados por el nudo a una cuarta del animal. El cuchillo atraviesa cuero, grasa, músculo, cartílago y hueso. Una fumarola azulada difunde el aroma de grasa y carne asándose. El corte sigue hasta que la lámina golpea la madera maciza. Al retirar el cuchillo el acero sigue humeante y rojizo. A una seña del Padre, Américo suelta y sale.

Tú ya sabes lo que quiero. Lo tienes en la punta de la lengua. Yo voy a fumar un cigarrillo. Cuando regrese voy a empezar por la izquierda. Habla sin levantar la voz, desde una profunda tranquilidad. El hombre no puede quitar la mirada de los ojos del Padre que toca con ternura en el preso cada punto que nombra: dedo, articulación de la muñeca, antebrazo, el interior blando del codo, el hueso en el vértice exterior. El Padre devuelve el cuchillo a las brazas. El acero cauteriza. No te desangrarás. Si callas seguiremos mañana por la derecha. Hace silencio unos instantes como repasando lo dicho. Da media vuelta y camina hacia la puerta palpando los bolsillos en busca del tabaco. Cuando el padre iba a destrancar y salir el hombre dijo: Cueva de Perlas, sólo eso, Cueva de Perlas.

Luego soltó en un gemido largo todo el aliento que tenía encerrado y se entregó rendido a una incontinencia tan completa, variada y abundante que la carnicería tuvo que permanecer cerrada dos semanas con pretextos religiosos y para cambiar los gases refrigerantes un tanto adulterados por el tiempo.

Josué estaba donde indicó el incontinente, en la Cueva de Perlas, un refugio de pescadores y piratas en unos arrecifes de difícil acceso en Isla Cubagua que aunque no figura en ningún mapa ni referencia pública es conocido y cuidado por quienes lo usan para cuestiones siempre enredadas en mal designio y ambición enferma.

Lo liberaron sin más derrame de sangre que la del cuidador que queriendo huir cayó al mar donde se lo tragaron las olas y la fauna generosa de por allí. Tampoco se presentaron dificultades para llevarlo de Cubagua hasta el aeropuerto de Margarita, empalmando a Maracaibo y de allí en camioneta pimpinera con autorizada y válida licencia a Maicao a dónde llegaron justo a tiempo para la velación y el entierro de la madre que puso fin a su agonía en cuanto supo que su marido y sus hijos estaban libres, vivos y en camino al hogar. Esa muerte resultó una liberación más del sufrimiento familiar. Fue para el bien de todos, con el consentimiento de todos y con la bendición del único Dios que es Todo y de todos Dios es. Él cuyo nombre se ignora o se calla y cuyos noventa y nueve atributos se conocen y se estudian por los siglos de los siglos. Inshallah. Así sea.

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El Último Glaciar Guevarista (2007) – Patagonia Argentina – XRV750 – foto Gino Lofredo

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Manantial Monte Saino y Bastón de Vida – foto Gino Lofredo (2008)

5/11/09 — 9:30 PM

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Dr. Maberek in Death Valley, California (2006)

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~ by lofredo on March 3, 2009.

One Response to “23. El Centésimo Atributo”

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